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La actriz Lilian Gish en una fotografía de principios del siglo pasado

9 de Noviembre.- La dulce B., la mujer de mi primo, tiene una belleza antigua de actriz de cine mudo. Un pelo rubio, largo y sedoso; un cutis blanco de nieve; dientes pequeñitos e iguales y una voz pensada por Dios para apaciguar  niños inquietos. Todavía me acuerdo de una feliz noche invernal en que estuvimos los tres en un pueblo austriaco viendo la cabalgata diabólica del Krampus. Los lugareños nos miraban, se daban codazos y se preguntaban quién era la bella forastera. Y mi primo la llevaba del brazo orgulloso y sonriente. Daba gusto verles.
 
Pero lo mejor de B. es que, si es guapa por fuera, lo es aún más por dentro. Porque sus cualidades más evidentes vienen acompañadas de un don para los idiomas que roza lo increible. Que yo sepa, aparte de su alemán materno, articulado con una suave cadencia salzburguesa, habla inglés, árabe y un español colorido de una riqueza y una profundidad siempre sorprendentes. Es además una sagaz antropóloga, una intrépida cocinera y una persona leal, bondadosa y prudente.

El otro día, estábamos tomándonos un café, cuando hablé de un reciente descubrimiento: los audiolibros. Me había comprado “Der Weinachtshund” (El Perro de Navidad) del periodista austriaco Daniel Glattauer. Mis alumnos habían tenido la paciencia de prestarme el libro de papel pero la verdad es que, a la velocidad que leo en alemán, pasarán todavía por lo menos veinte años hasta que lo termine. Sin embargo, el libro sonoro, por razones misteriosas, es mucho más fácil de entender. B. dijo entonces que ella es adicta a una página de libros hablados grabados por voluntarios. Se trata de Librivox (www.librivox.org). En ella hay grabaciones disponibles de libros de dominio público en varios idiomas.

Basta con buscar en el amplio catálogo, seleccionar la obra que a uno le guste y descargársela en la comodidad de su hogar. Luego, con el chismecico que uno utilice para oir música, puede escuchar el libro haciendo cualquier otra cosa. A B., le gusta que le cuenten historias mientras está cocinando. Yo, particularmente, encuentro que es una ventaja no tener que encender la luz de la mesita de noche cuando uno se va a la cama.

De momento, además del navideño can de Glattauer yo he encontrado una versión leida de manera muy agradable del Libro de la Vida de Santa Teresa y esta mañana he descubierto otra joya: La Edad de la Inocencia, de Edith Wharton. Conocía la historia por la fantástica película del mismo título (que redescubrí, por cierto, hace un tiempo gracias a mi tienda favorita de DVDs de segunda mano) pero, por diversas circunstancias, no me había decidido a hincarle el diente al libro. Gracias a la versión hablada, me he dado cuenta de que Mrs. Wharton escribía con una agradable ironía sobre la gente de su clase social. Un gusto, vaya.

Lo sé, lo sé: mis lectores estarán en ascuas preguntándose qué tal me fue mi segunda clase de baile. Lo diré con dos palabras: Polca y Rumba. La polca no es tan fácil como puede parecer a primera vista. Avanzar a saltitos sincronizadamente con otra persona, procurar no hacerle polvo los juanetes, y no echar el corazón por la boca todo al mismo tiempo, puede llegar a ser todo un desafío. Sin embargo, tengo que decir que salí con bastante bien del intento y que la gente me preguntaba, sorprendida, si había hecho algún curso de baile antes. Esto, creo que se debió a que, en un primer contacto con los bailes sudamericanos, puse a trabajar el caderámen que ha hecho famosos a los bailadores celtíberos por todo el ancho del planeta. 


2 comentarios:

Chus dijo...

Vaya suerte la de tu primo!!
Un abrazo

lolibel dijo...

Que guapa la chica de la foto,andeandará? será un ángel.