16 de Enero.- Es un lugar común cuando uno vive en Centroeuropa hacerse uno cruces de la de veces que se ha reido de los guiris porque, en cuanto veían un cuadrado de sol, se tiraban en plancha. Es una costumbre que uno no entiende hasta que el sol no se convierte en un bien escaso.
Hoy y ayer "nos hemos froyado" sobre nueve horas diarias de luminosidad prácticamente ininterrumpidas. Por no hablar de una paradisiaca temperatura que, cuando he hecho estas fotos, ha alcanzado unos trece grados que a mí me han parecido tropicales. También dejo para la curiosidad de mis lectores el hecho de que, al parecer por vivir aquí, se me ha acostumbrado el cuerpo y ahora necesito muchísima menos ropa de abrigo para temperaturas a las que, en Celtiberia, hubiera tirado del plumas. Hoy, sin ir más lejos, a diez grados me ha bastado una camiseta de manga larga y una cazadora vaquera que no tiene forro.
También es notable que, cuando hace sol, uno se siente más contento. Se conoce que se generan más endorfinas. En fin: un placer. Lástima que a partir del martes la cosa vaya a volver al frío polar.