Personajes de f(r)icción



26 de Abril.- Mis lectores lo recordarán: hay un terremoto en California provocado por la vesania del malvado Lex Luthor, que ha puesto una bomba en la falla de San Andrés.


Lois Lane, queda atrapada en un coche y perece enterrada viva por un desprendimiento. Cuando el estruendo del seismo cesa, Supermán, que ha estado ocupado en otras cosas, aterriza suavemente a su lado, contempla el cadáver de su amada e, invadido por un dolor sordo, y desoyendo los consejos de su padre Kal-El (Marlon Brando con un caracolillo en la frente, a lo Estrellita Castro) da vueltas a la Tierra tan deprisa que consigue que el tiempo retroceda y que Lois emerja, polvorienta pero ilesa, del amasijo de hierros de su coche.

Mientras Supermán le da vueltas al planeta, se escucha la voz de Marlon Brando (“No interfieras en los asuntos humanos, no interfieras en los asuntos humanos...”). Pero todos sabemos que Supermán se va a pasar los diplomáticos consejos de su padre por el forro del esquijama

A veces, la vida del inmigrante es como la de Supermán. Uno aterriza en una realidad que le es ajena, pero como le adoptan, le quieren y le apapachan (según ese entrañable mexicanismo que usa mi compradre bloguero Rafael Barceló) uno termina sintiéndose uno más, los demás le perciben como uno más y hace falta mucha sangre fría para permanecer silencioso ante ciertas conversaciones.

Este fin de semana pasado estuve de visita en casa de una persona a la que quiero muchísimo. El jueves operarán a uno de sus hijos. Una intervención menor. Mientras nos estábamos tomando unas copitas de vino quitándole importancia al asunto que, como es lógico, tiene preocupada a la persona de la que hablo, aparecieron otros amigos, también de visita de cortesía y se sentaron a la mesa. Se trataba de una pareja que ronda los cuarenta.

Paró la conversación, como suele ser en estos casos (y más en Austria), en los hospitales; y cada uno contó un par de historias sucedidas en esos templos del dolor y de la salud. Siguiendo su tendencia natural, los aborígenes pronto se enzarzaron en competir por ver quién contaba la anécdota más tremebunda. Yo intentaba suavizar lo que podía cada burrada porque notaba que nuestra anfitriona, con un hijo pequeño a las puertas del quirófano, se iba soliviantando por momentos.

El marido de la pareja de recién llegados, que estaba sentado junto a mí, comentó entonces lo impersonal que se había vuelto el trato en los hospitales en los últimos tiempos. Explicó que, en el Hospital General de Viena funciona un, en su opinión, poco fiable sistema de pulseras de código de barras, que supuestamente asigna a cada paciente un destino dentro de la maquinaria del centro. Protestamos todos en favor de la tecnología y sus ventajas y él movió la cabeza y dijo “imagínate que te coge un extranjero”. Yo sentí una punzada en cierto sitio de mi amor propio, pero comprendí que él no me percibía a mí como extranjero (en caso contrario no hubiera hecho la observación) y lo dejé pasar.

Sin embargo, él continuó haciendo comentarios cuyo tono racista fue subiendo sin que él, por lo demás una persona de apariencia normal, tuviese conciencia de que estaba diciendo nada que pudiera ofender a ninguno de los presentes (en realidad, todos, cuando expresamos nuestras opiniones en una reunión, por muy odiosas que estas sean, lo hacemos asumiendo inconscientemente que quienes están a nuestro alrededor las comparten). Era el mismo caso del pastelero de las esvásticas que yo citaba el otro día.

Estoy seguro de que, en los años treinta, la mayoría de los nazis eran como este hombre: gente mediocre, sin nada especial, a la que el fácil universo propuesto por los nazis (nosotros, los arios; ellos, los judíos) ofrecía algo que ser. Los judíos (como hoy nosotros, los extranjeros) representaban un blanco fácil; un escaso porcentaje de la población al que nadie prestaba demasiada atención.

Ante situaciones como esta ¿Qué hacer? ¿Callar, y tener la oscura sospecha de que no mostrar ningún tipo de repulsa le hace el juego a los racistas? ¿Hablar, sabiendo que lo que uno diga no va a convencer al que ya está convencido?

Qué pena no ser Supermán. Él solo tenía que volver atrás el tiempo.


Foto: Archivo Viena Directo