29 de Enero.- Uno de mis primeros trabajos en Viena fue en una Academia de Idiomas en una zona popular de la capital.
Llegué a él a través de una española con la que perdí el contacto poco después. Una de esas chicas simpáticas, cariñosas, guapas, de familia bien que, desgraciadamente, son incapaces de centrarse. Ya conocen mis lectores el tipo: un día quieren ser profesoras de idiomas en Centroeuropa, al mes siguiente piensan que lo que en realidad haría sus sueños realidad sería limpiarles los moquitos a los niños de cualquier leprosería de Calcuta y, una vez que están en Asia, miran en internet las fotos de un verano lleno de cuerpos flexibles y de pieles tensas por la sal del mar, y suspiran mientras piensan que en ningún sitio se está igual de bien que en la cala privada de papá.
