El escritor austriaco Wolf Haas
El misterio de la muerte dulce

Dulce arroyuelo de la nieve fría/ Bajaba mudamente desatado,/ Y del silencio que guardaba helado /En labios de claveles se reía.

12 de Febrero.- Wolf Haas es un escritor austriaco al que tengo la desgracia de no poder leer fluidamente. Conozco su obra por las adaptaciones cinematográficas (Silentium y Kommt, süsser Tod, principalmente) y tengo en casa algún libro suyo que deletreo golosamente pasando los dedos por las líneas, como el semianalfabeto que soy en esta lengua que me acoge.
Haas es el inventor de un personaje, Brenner, que es el protagonista de sus novelas (todas historias de detectives, lo que aquí se conoce como Krimis). Brenner es un pobre desgraciao que se mueve por los bajos fondos de la sociedad austriaca. Un tipo gafe, sin suerte, al que siempre otro le levanta la chica, que vive de trabajillos de poca monta. Que en una novela es policía, y en otra conductor de ambulancias o, simplemente, un parado que hace chapucillas.
Todas las novelas de Haas empiezan con la misma frase, que se ha convertido ya en una especie de gag para iniciados: Schon wieder es ist was pasiert. O sea: una especie de “ya estamos otra vez”.
Hablo de Wolf Haas porque parece como si una de sus tramas hubiera saltado al mundo real. Y, si uno se descuida, no sería nada extraño ver a Brenner rondando por una pequeña localidad del Wachau (Spitz) en donde ha habido un curioso caso de envenenamiento que trae de cabeza a la policía austriaca.
El domingo, el alcalde de la pequeña localidad de Spitz encontró en el parabrisas de su Mercedes una nota anónima (cariñosa, se supone) y una caja de Mon Cheris (para quien no los conozca, son unos bombones rellenos de licor). El alcalde de Spitz que, como buen austriaco, es de suponer que es muy goloso, no pudo resistirse a probar uno de los dulces, y el capricho estuvo a punto de costarle la vida. El Mon Cheri estaba relleno de estricnina procedente de un potente raticida.




Joseph Hader como Brenner en Silentium

Ahora mismo, el alcalde de Spitz está en coma inducido, y todo indica que se salvará. Pero parece ser que otro político ha recibido dulces envenenados y la policía, acordándose del caso de los paquetes bomba que le costaron la mano, por ejemplo, al Doktor Zilk (ver el post “El misterioso caso del hombre sin manos”) ha alertado a todos los políticos austriacos con la misma advertencia que, de pequeños, nos hacían nuestras madres: no aceptar caramelos de desconocidos, ni descuidar nunca la coca-cola en el bar. Quién sabe qué aspirinas traidoras te pueden echar para darte el último beso.
La señora esposa del alcalde está en un ay, y espera que el autor/la autora del intento de envenenamiento no pertenezca al grupo de los votantes de su esposo. O sea, no quisiera que el criminal fuera un paisano suyo. Porque Spitz es pequeño y eso supondría que lo conocería de toda la vida.
Mientras tanto, estoy seguro que Wolf Haas sigue atentamente el caso. Porque es una idea fenomenal para una novela de misterio.

4 comentarios:

Luisru dijo...

Epatado me he quedado con esta histori. No sé si le servirá a Haas para una novela, pero tú apúntatela por si acaso... Y yo que pensaba que lo de Fago era intrigante, si es que contra los austriacos no tenemos nada que hacer.

Miriam dijo...

Paco, me ha encantado... y sabes por qué? Porque desde siempre los moncheri me dan asco! MIRA LO MAL QUE SABEN QUE NI SIQUIERA LOS DISTINGUIMOS DEL RATICIDA!!

Luisru dijo...

Ja, ja, Miriam, qué razón tienes, a mí tampoco me gustan nada. Donde se ponga un Ferrero Roché...

Paco Bernal dijo...

Chicos: novedades: parece ser que el autor de los hechos se dejó un resto biológico entre los bombones (sí, yo también he puesto cara de !)y les van a hacer a todos los hombres de Spitz y alrededores la prueba del ADN.
Y es verdad: los moncheris están asquerosillos :-)
Saludetes