Mi amigo el DoKtor

6 de Mayo.- Notas inmediatamente que ya no estás en tu país cuando, de repente, cosas normales se convierten en aventuras que hay que preparar, como un explorador del siglo XIX que se dispusiera a buscar las fuentes perdidas de un río africano.
Por ejemplo, ir al médico.
Por suerte, para molestias menores, cuento con mi amigo G., que fue alumno y con el que tengo confianza. Gran médico, buen amante de la caza. Un hombre inteligentísimo al que da gusto consultar. A él fui hace cosa de quince días, porque había sentido unas molestias y quería que me diese su opinión. Tras las palpaciones necesarias, me dijo que no tenía nada pero que, para asegurarnos, me mandaría a un especialista que entendía de las rías bajas del cuerpo humano. Así pues, me extendió un volante y, ayer por la tarde, salí un poco antes del trabajo para acudir a la consulta del galeno en cuestión.
El doctor que visité ayer tiene su consulta cerca del Volksteather, en el distrito 8, en una casa antigua, de estilo modernista, que recuerda mucho a los lóbregos portales madrileños del Barrio de Salamanca. Cristales biselados, plantas trepadoras modeladas en yeso, escaleras de caracol que ascienden hacia un cielo infinito y Art Nouveau.
Al empujar la puerta de la consulta, me recibió una penumbra de otro tiempo. Al fondo, una muchacha detrás de un mostrador, cuyo rostro sonriente estaba iluminado por la luz de un flexo.
-Buenas tardes.
-Muy buenas. Me llamo Bernal. Verá: es que tengo Termin con el Doktor...
-Ah, muy bien –me recoge la tarjeta sanitaria, teclea en el ordenador mis datos, me recoge el volante, me mira con sonrisa renovada: ¿Es la primera vez que viene a nuestra consulta? –respuesta afirmativa, me tiende un vasito de plástico y dice algo en alemán que puntúa con una sonrisa. Le digo que, leider desgraciadamente ay qué pena, no he entendido lo que quiere que haga con el vasito y entonces ella me señala la boca del recipiente y me dice: pipí, bitte, pipí.
Y yo:
-Pero es que, gracias a Dios, fräulein, yo no estoy malo de los riñones ni nada.
Ella me mira con cara de “eso es lo que dicen todos” y después me aclara que es el procedimiento habitual. Con el vasito en la mano me dirijo al servicio más próximo y deposito en el recipiente una discreta cantidad del producto de mi actividad renal (sé que este no es un tema de escritura muy elegante, pero puede ser que alguien que me lea haya estado en la misma situación y se sienta confortado al no saberse el único).
Tras dejar el vasito en la mesa dispuesta al efecto (todo muy ordenadito), me siento en la sala de espera. Techos altos, sillas Thonet, veladores de mármol, un discreto hilo musical con polonesas de Chopin.
A mi lado, una señora hojea una revista. Del sancta sanctorum sale un matrimonio. Veo un brazo del doctor. La señora que espera a mi lado, inexpresiva, deja la revista y entra a la consulta. Tras una cantidad de tiempo discreta, el doctor, con pinta de haberse pasado las últimas noches de juerga en el depósito de cadáveres más cercano, me tiende la mano y me invita a pasar. Es un hombre serio y, si no fuera por lo saludable que se le ve, uno le sospecharía aquejado de cualquier enfermedad estomacal de esas que te obligan a alimentarte de papillas de cereales.
-Nehmen sie platz, bitte, herr Bernal- me siento. Y , mientras teclea en el ordenador, deja un silencio que quiere decir „usted dirá”. Le cuento mi problema. O sea que, de unos meses a esta parte, me duele la zona en donde la pierna derecha se une al cuerpo. Me pregunta si entreno -¿Wie bitte? Que si hace usted deporte- Sí, Herr Doktor, corro regularmente. ¿Y la cosa se agrava cuando usted corre? Pues sí que se agrava, sí. Y entonces él me dice que no me preocupe, que seguramente lo que tengo es algo de lo que sólo entiendo “muskular” y que está calificado con otro sustantivo que termina en “ung”. Como con la salud no se juega, le vuelvo a preguntar: pero no tengo nada,¿Verdad? Que no, que no. Keine sorge. Se levanta de la mesa, me mira por primera vez. Me señala una camilla y me dice que me desnude de cintura para abajo. Lo hago. Me asalta la pregunta de a qué parte del techo se mira mientras un señor desconocido te anda palpando las partes pudendas. Pongo cara de estar esperando un autobús que tarda en llegar. Se me indica que debo tumbarme en la camilla (operación un tanto dificultada por el hecho de que tengo los pantalones en los tobillos). Lo hago. El doktor enciende un aparato de ultrasonidos por el que me explora las vísceras. Respire. Retenga el aire. No respire. Retenga el aire. Otra vez. Relájese. Vístase.
Recupero mi dignidad al mismo tiempo que mi ropa interior recupera su posición original y me acerco a la mesa en donde el doctor, con el mismo aire de estar cumpliendo un deber un tanto fastidioso –debe de serlo, a estas horas de la tarde- teclea un informe para mi amigo G. en el que dice que estoy como una rosa. ¿Diagnóstico? La típica fatiga de los materiales.
¿Y qué hago Herr doktor? Pues no entrene usted mucho. Me despide. Auf wiedersehen y váyase por la sombrita. Y eso hago, hasta la próxima vez.

8 comentarios:

Isa dijo...

Paco:
Me parece que la incomodidad de situaciones como la que planteas merece todo un apartado. Mira que a veces es todo un evento revelar el lado más íntimo en buen estado, qué no va a ser el mostrarlo a un desconocido bajo los efectos de una dolencia. La técnica del autobús es estupenda, la tendré a la mano por si acaso...
Isamari

Vega dijo...

Jajaja, Paco, ya sabes como se siente una mujer en el ginecólogo. Un abrazo.

Marona dijo...

Bueno, y ni mentar a una mujer en un ginecólogo extranjero :S
Yo también me apunto la técnica del autobús... Besos.

con Ka dijo...

Uf, yo cada vez que me voy a 'enfrentar' a alguien aquí me tengo que hacer una lista de palabras para poder decir algo.
Llamar a una inmobiliaria me parecía complicado, ¡pero visitar a tu Doktor parece bastante más duro! ;)

A cuidarse, Paco. Si es que los gimnasios no son buenos pa la salud...

Anónimo dijo...

no puedo ver el perfil de Isamari y me gustaria porfa hijo agregala a la lista un beso

Paco Bernal dijo...

Hola a todas! (Hoy sé que sois todas chicas) Muchas gracias por vuestros comentarios.
A Isa: la técnica del autobús es muy efectiva para muchas cosas jejeje. A mí, generalmente, en estas situaciones, me ayuda pensar que no soy el primero ni el único al que le han pasado. El famoso mal de muchos, consuelo de todos. Y, en general, tengo la suerte de tener poco sentido del ridículo. Gracias a Dios jejeje.
A Vega: jajajaja. La verdad es que me lo imaginaba yo así. Es una situación extraña, la verdad. Aunque tengo que reconocer que todo fue tan aséptico que no hubo espacio para que me diera corte ni nada...:-)
a Mar: yo eché mucho de menos el vocabulario técnico para nombrar ciertas cosas...Eso con mi amigo G. luego, nada, me preparé con un buen diccionario onláin.Y a esperar el autobús :-) Besotes
a Karmele: al principio uno tiene miedo de decir las cosas mal. Pero si uno se toma con naturalidad el hecho de que es extranjero, esa relajación se transmite, y la otra persona, se relaja también, y todo es más fácil. En cuanto a las situaciones, todo es tirarse a la piscina. Ir al banco, a una ETT, a esto y a lo otro...Al final...como decimos en España, se te queda "el culo pelao" jajajaja.
a la comunicante anónima (o sea, mi madre): ya está el blog de Isamari en la lista de enlaces y puedes visitar a tu tocaya puertorriqueña cuando quieras.
Un beso a todas,
P.

intratable dijo...

Vaya, a ti te dicen que no hagas tanto ejercicio, y a mi me dicen lo contrario. De hecho, no me dicen "haz más ejercicio", parece ser que con que haga algo ya será bueno. Teclear se ve que no vale.

Saludos y no te canses (demasiado).

Paco Bernal dijo...

Ay, intratéibol! :-) Si es que esa reclusión no puede ser saludable, hombre :-) Cuando quieras, quedamos y nos echamos unas carrerillas. O podemos jugar a algún deporte que te haga ilusión (todos menos los de raqueta, de los que no tengo ni idea).
En fin, a cuidarse y saludetes a Marie Curie (que le debo un correo, pobre, y aún no se lo he pagao)
Un abrazo