Sentado, el actor Juan José Otegui, que guarda cierto parecido con mi profe de alemán (foto: http://www.noticiasdealava.com/)
¿Pelos en las orejas?

28 de Octubre.-Mi profesor de alemán es un caballero sesentón. Un señor con dos espesas matas de pelo gris saliéndole de las orejas, unos dientes arruinados por la nicotina y un cerebro ágil como un primate, que se columpia por el frondoso ramaje del idioma con la resplandeciente habilidad del pez que nada en su elemento. A primera vista, su incorruptible vocación pedagógica y su innata tendencia al payaseo deberían hacérmelo simpático instantáneamente. Sin embargo, tengo que confesar que salgo muy cabreado de sus clases. Al preguntarme por qué, no tengo más remedio que reconocer que se trata de un problema de vanidad.
Mi relación con el español ha sido siempre de rendido enamoramiento. Amo mi idioma con una pasión ciega y juguetona. Desde niño, he sido víctima de una fruición golosa por saber cómo se llaman las cosas. Las palabras tienen para mí peso, consistencia, perfume, están enraizadas en las más íntimas capas de mi subconsciente. Las colecciono y las atesoro. Es muy antigua en mí la creencia de que, si bien Dios no me dio un cuerpo ni más ágil ni más fuerte que la media, mi relación con el lenguaje puede compararse con la eficiente que un atleta bien entrenado tiene con su instrumento de trabajo, o con la de un bailarín que, sonriendo, es capaz de ejecutar los pasos más difíciles sin delatar el esfuerzo que le cuesta.
Pues bien: en alemán me tengo que olvidar de todo eso, porque solo soy capaz de construir frases torpes, oscuras, prefabricadas, en el límite agreste entre la corrección y lo salvaje. Me veo reducido a un paso renqueante, y eso me pica el orgullo. En plata: me jode mogollón.
Tengo que decir también, después de esta confesión pública de exorbitante vanidad, que el alemán es un idioma pedregoso e ingrato. Una lengua desagradecida en la que se tarda muchísimo en poder expresar conceptos de una complejidad mediana ¡Cómo echo de menos el francés, sobre el que me deslicé de adolescente como sobre una nítida pista de hielo! ¡Qué tiempos aquellos del inglés, cuya sencilla gramática fue para mí fuente inagotable de contento! Cuanto más avanzo en el alemán, tengo la sensación de que sé menos. Me adentro en una selva abstracta que funciona con unas reglas muy estrictas (esa puntuación, esas preposiciones) que me siento incapaz e descubrir.
Mi profesor, el pobre, no tiene la culpa de que yo sea un zote. Eso me digo por lo menos cuando el cabreo aprieta y me entran unas ganas incontenibles de arrancarle, uno a uno y lentamente, los pelos de las orejas.

6 comentarios:

JOAKO dijo...

Solo pòeso un ingles de indio de las praderas, o menor aún, de Anuk trasmutado en Antony Quin,. y te entiendo con respecto al gusto por la palabra, por hablar con propiedad utilizando la palabra adecuada a cada comentarío, llenando de matices lo que digo, incluso para un privado regocijo, te entiendo a medias, yo nunca me enfrenté a un idioma extrangero como tú.
Unamuno aprendió Noruego para leer a Ibson y Ortega Alemán para entender mejor la filosofía, por algo sería.

Noema dijo...

Paciencia, hijo mío, paciencia. Es lo que les digo a mis estudiantes cuando se quejan de exactamente lo mismo, de esa sensación de ir para atrás en el aprendizaje. Es más, les garantizo que cuanto más estudien, más errores cometerán en el uso de la lengua! Y es que es regla de tres: cuanto más sé, mayor es la posibilidad de equivocarme, y cuanto más me equivoco, es que más sé! Y eso es muy bueno ¿no?
Quieras o no, no es lo mismo aprender con 15 que con treinta y tantos!
(Ya te dije, lo mío es deformación profesional, ainsh!!!)

Paco Bernal dijo...

Hola a los dos:
Gracias por vuestros comentarios:
A Joako: me ha gustado lo del regocijo privado. Yo creo que es la clave para que hagamos muchas cosas. Más allá de la aprobación de los demás. Supongo también que mi alemán ha crecido como un poblado chabolista en terreno ilegal, o sea: todo "hacía las veces de" pero no había reglas precisas. Y ahora lo estoy domando. La evolución ha sido muy rápida, pero sin orden. Y ahora me viene lo peor: darle a todos esos conocimientos una estructura.
A Noema: creo que has dicho una cosa en la que tienes una razón santísima: una parte de mis dificultades es ya, no cosa de la edad, sino de la pérdida de disciplina de memorizar, por ejemplo. Por otra parte, conocidos que no me han visto en meses, se hacen cruces de lo rápido y lo bien que avanzo. También es verdad que, cuando llegué aquí, me parecía que la pronunciación alemana de Julio Iglesias era exquisita (no te digo más). Cuanto más aprendo más identifico los errores: los míos y los de los demás.
Muchos saludos y gracias porlos ánimos,
P.

Marona dijo...

Ay, mijito, bienvenido al club... Ahora estoy metida de lleno en aprender el alemán "de recepcionista" y llego a murmurar cosas sin decir nada exacto :D:D:D:D ¡Menos mal que la gente por el contexto sabe lo que no estoy diciendo! :D:D:D

amelche dijo...

Noema tiene razón: no se aprende sin errores y, además, los errores muestran que estás interiorizando las reglas gramaticales, sólo que todavía no las has asimilado totalmente y por eso confundes, qué sé yo, el presente continuo con el simple. (En el caso del inglés.)

Paco Bernal dijo...

Hola a las dos:
Muchas gracias por vuestros comentarios (y más aún, a todos, por vuestros ánimos).
A Mar:yo lo de dejar las frases sin terminar lo encuentro superelegante. Te lo digo porque a veces, no hace falta murmurar las cosas jajaja. M. ha cogido mucha habilidad en terminar lo que yo empiezo a decir jajajaja. Hija, qué castiguito de sprache :-) Besos
A Amelche: mi esperanza es que, en el background del cerebro, esté procesando todo lo que estoy aprendiendo. Ya van saliendo cosas, ya, pero es dificilillo.
Besos mil