Carmen Maura en "Qué he hecho yo para merecer esto"
Elogio de la maruja

19 de Noviembre.- Querida sobrina: esta semana aún no se había producido el susurro habitual que me chiva el tema de mi carta de los miércoles (suele llegar los lunes). Sin embargo, mientras ayer me perdía en mis recuerdos, supe que tenía que escribirte sobre las marujas.
Quizá, cuando seas mayor, ni siquiera sepas lo que son. Y sin embargo, la vida, durante siglos, no hubiera sido posible sin ellas. Marujas hubo en las pirámides de Egipto, en la Edad Media, y hubo marujas que le sacaron las castañas del fuego al mundo mientras los hombres se metían en guerras por un palmo de tierra más o menos.
Ya desde el principio de esta carta, sobrina, te digo que, si Kennedy declaró con un acento horrible que era un berlinés más, yo te digo que, de mayor quiero ser maruja (o más aún).
La denominación, ese diminutivo que empezó siendo cariñoso y terminó en peyorativo, se debió de acuñar en España en la primera mitad del siglo pasado. Las marujas, o marías, eran entonces las amas de casa que se dedicaban lo que, en el carnet de identidad de entonces, se llamaban “las labores propias de su sexo”. No, no te escandalices. Estamos hablando de un momento en que España era un país machista (o, en todo caso, mucho más que hoy) y en el que el machismo se sostenía con la complicidad de las mujeres, aunque te parezca raro. Las de aquella época tenían unas jornadas de trabajo extenuantes, dándole de comer a todo el mundo, lavando, limpiando, cosiendo (cuando aún se cosía) y haciendo una gama muy amplia de tareas que necesitaban de unos conocimientos y destrezas variadísimos, que empezaban a aprenderse en la infancia y no se dominaban hasta bien pasado el ecuador de la treintena.
Era un trabajo duro (yo no he sabido cuánto hasta que no he tenido que hacerlo) poco agradecido, porque se daba por supuesto, y que dejaba muy poco tiempo no ya para el enriquecimiento personal, sino para el mero esparcimiento. Sin embargo, como defensa, las denostadas marujas que hacían, sin embargo, que el país se moviese todos los días, porque le daban de comer y lo mantenían presentable, desarrollaron una serie de mecanismos que son los que, en mi opinión, las convierten en modelos a seguir.
Para repartir la carga, se hicieron solidarias hasta formar una red de socorro mútuo, que acudía en ayuda de la que tenía problemas; como no tenían acceso la mayoría de las veces a otras formas de cultura, mantuvieron viva la llama de la popular, en su mayor parte oral; sacrificaron su propia formación por la de los otros siguiendo el generoso impulso de la maternidad. No olvides, Ainara, que las madres españolas eran las verdaderas transmisoras de valores (erróneos o no, esa no es la cuestión) que vertebraban la sociedad. Como sabían (y saben) que nadie da nada por nada, inventaron una unidad mínima de intercambio: el favor a medias generoso y a medias interesado. La desprestigiada conversación de las marujas (desprestigio que viene de la mirada despreciativa de muchos hombres de hoy y de ayer) es en realidad lo que las convierte en dealers de información. Cada maruja es un par de oídos que escuchan y un par de manos que destinan recursos ahí donde hacen más falta.
Hoy, las marujas se extinguen lentamente porque las mujeres trabajan fuera de casa y la sociedad ha decidido que puede y debe pasar sin lo que las pobres aportaban. O peor, ha silenciado su papel de siglos, convirtiendo a las amas de casa en figuras anticuadas y un poco ridículas.
Es cierto que a nadie, y mí menos que a ninguno, se le ocurriría reivindicar la obligatoriedad del sacrificio que durante siglos ejercieron las mujeres en nombre de una hipotética felicidad doméstica (felicidad que sería incompleta, porque estaría basada en la opresión de un grupo humano). Pero lo cierto, Ainara, es que estamos perdiendo una figura imprescindible para el funcionamiento de la sociedad, por lo que tenía de vertebrador y que, quizá por desconocimiento de su importancia, no hemos encontrado un recambio.
Quizá la solución es que todos tomemos la bueno de su papel y nos convirtamos en un poco marujas.
Besos de tu tío.

5 comentarios:

amelche dijo...

Creo que tienes razón. Desde que las madres no están en casa no veas lo asilvestrados que crecen los hijos. Y no es que reivindique que vuelvan a casa, porque yo soy la primera que pienso trabajar fuera de casa si algún día tengo un hijo. Pero sí hay que reivindicar horarios de trabajo más compatibles con la maternidad y la paternidad para que los niños no se críen con la TV, el ordenador y la play station. Es algo que, como sociedad, deberíamos exigir.

Noema dijo...

Mi madre, que no tiene nietos (ni los ve en un futuro cercano), cada vez que estoy en España me cuenta horrorizada una escena que ve repetirse cada vez más en su entorno: esas marujas de entonces, hoy abuelas, cargando de sus nietos (uno de la mano, otro en el carrito) y luchando con ellos en el supermercado mientras hacen la compra a toda prisa para volver corriendo a casa y hacer la comida a esposo e hijos (jóvenes profesionales padres de las criaturas) que le vienen a comer todos los días a casa para ahorrar tiempo, y dinero (las hipotecas no perdonan). No digo que pase en todos los casos pero ¿cuándo pueden jubilarse estas marujas?

Anónimo dijo...

Esto de la incorporación de la mujer al mundo laboral ha sido una tomadura de pelo, en mi modesta opinión. Al final, trabajamos fuera de casa y dentro, ya que la carga la sigue llevando la mujer (casa, hijos,...). Hemos avanzado y la sociedad es menos machista, pero las empresas siguen siendo machistas, lo de la concialiación familiar-laboral queda muy bonito en el papel, pero son sólo letras, la realidad es muy distinta.
Todavía queda mucho para ser madre y no morir en el intento.

un besote, nuria

isabel maria dijo...

cuanto me alegro que reconocimiento de las madres, silva para algo cuando os vais de casa, como se nota que cuando la gente tiene que planchar, fregar o limpiar digaos jolin no se como a mi madre le daba tiempo para todo, me voy a mi blog que os voy a contar una cosa un beso

Paco Bernal dijo...

Hola!
Perdón por haber tardado tanto en contestar y muchas gracias por vuestros comentarios.
A Amelche: completamente de acuerdo. Yo tengo 33 y me crié, aparte de con mis padres, con Barrio Sésamo. Los chicos de ahora se crían con El diario de Patricia -o como se llame ahora-; o sea, que no hay color.
A Noema: esas pobres señoras no se jubilan nunca. Es más, caen enfermas porque soportan un estrés que no tienen ya edad para soportar. Y además yo creo que hay una parte de esa abnegación que no es sana. Los austriacos, que pueden ser muy fríos, creo que en esto están acertados. les hace cierta gracia esta figura mediterránea de La Mamma.
A Nuri: aparte de la cuestión del machismo, creo que el mundo laboral español está muy mal organizado. Somos los europeos que echamos más horas y, al mismo tiempo, los menos productivos en términos reales. Si nos aplicaramos más (o nos dejaran) seguramente los horarios podrían ser más decentes. Aquí, por ejemplo, los trabajos empiezan muy pronto por las mañanas, pero también terminan bastante más pronto.
A mi madre: no tengo palabras, la verdad. Pero yo creo que nosotros no éramos desagradecidos. No hemos dicho nunca lo del anuncio. O sea, que no hemos preguntao nunca si nos habías lavao el kimono !Kiá! Ni nada. Eramos buenecitos. Lo único que cocinar no cocinábamos jajaja.
Besos,