¿Fuku qué? Fukuyama, hija, Fukuyama
1 de Julio.- Querida sobrina: perdona que no te escribiese la semana pasada (bueno: lo cierto es que sí te escribí, pero la carta que me salió no era demasiado prudente, así que decidí guardármela para mejor ocasión). En cualquier caso, reparo hoy mi falta.
Mientras trabajaba hoy me he acordado de un estadounidense que se llama Fukuyama(pareado). Este señor se hizo famoso en mis tiempos universitarios (siglo veinte, última década) por vaticinar con aire aplomado el fin de la Historia. La frase hizo fortuna y todo el mundo en aquella época empezó a decir esto del fin de la Historia con muchísima seguridad. Era una vulgaridad que hasta quedaba culta, más culta si conseguías acordarte del nombre de Fuku. Es cierto que el comunismo había pasado a mejor vida y que los países que no habíamos vivido bajo su dominación nos considerábamos miembros de un grupo de listos que, pudiendo haberse ido con el malote de la clase, habíamos apostado por el caballo ganador. Por otra parte, la reforestación económica de aquellos mundos, que descubrían la hamburguesa al mismo tiempo que una versión muy sui generis de la democracia, abrió un horizonte de prosperidad que se ha terminado, como aquel que dice, hace dos días. El capitalismo se sentía fuerte, adulto e invencible. En fin: para qué seguir. El pomposo anuncio de Fukuyama se interpretó como una gozosa llegada a puerto. Cautivo y desarmado el ejército rojo, etcétera, etcétera. La mayoría de la gente creyó que todo permanecería así forever and ever y volvió a renacer esa utopía decimonónica del progreso infinito y los recursos inagotables.
La hostia que nos hemos dado, hija mía, estaba cantada, como se te alcanzará.
A pesar de lo que nuestro buen Fuku dijo, sin embargo, la historia siguió, porque siguió el tiempo. De todas maneras, mientras trabajaba hoy, me preguntaba yo si, al fin y al cabo, el chicaguense de marras no había tenido razón después de todo. Porque, lo que resulta indiscutible es que la Historia empieza a terminarse cuando cualquier cosa se convierte en un “hecho histórico”. La muerte de un cantante, la de una aristócrata putorcio, o la horterada cuatrienal de las ceremonias de inauguración de los juegos olímpicos ¿En qué lugar queda la historia entonces? ¿Cuánto tiempo hubiera durado Napoleón como jefe de gobierno si los paparazzis le hubieran descubierto los amoríos extramatrimoniales? (no quiero decir con esto que Berlusconi esté, ni mucho menos, a la altura del corso) ¿Por qué noticia hubiera sido barrida la derrota de Waterloo en la era en que Al Jazeera y la CNN, y con ellas sus consumidores, necesitan noticias nuevas cada cuarto de hora?
A lo que voy: si todo es igual, si nada marca la diferencia, si no hay jeraquía, el presente se convierte en un disco brillante que gira idéntico a si mismo y la historia en una noción escurridiza y blandorra. Para mí, por ejemplo, el siglo pasado ya no es historia: todo lo más la sucesión de cambios en las páginas de inicio de una serie de webs.
Aunque quizá, lo que suceda es que está quedando en evidencia que, lo que llamamos historia no es más que una noción artificial. Puntos unidos con líneas para formar una constelación de hechos que trate de explicar este presente que admite mil interpretaciones verosímiles.
Tú, ¿Qué crees?
Besos de tu tío.
Mientras trabajaba hoy me he acordado de un estadounidense que se llama Fukuyama(pareado). Este señor se hizo famoso en mis tiempos universitarios (siglo veinte, última década) por vaticinar con aire aplomado el fin de la Historia. La frase hizo fortuna y todo el mundo en aquella época empezó a decir esto del fin de la Historia con muchísima seguridad. Era una vulgaridad que hasta quedaba culta, más culta si conseguías acordarte del nombre de Fuku. Es cierto que el comunismo había pasado a mejor vida y que los países que no habíamos vivido bajo su dominación nos considerábamos miembros de un grupo de listos que, pudiendo haberse ido con el malote de la clase, habíamos apostado por el caballo ganador. Por otra parte, la reforestación económica de aquellos mundos, que descubrían la hamburguesa al mismo tiempo que una versión muy sui generis de la democracia, abrió un horizonte de prosperidad que se ha terminado, como aquel que dice, hace dos días. El capitalismo se sentía fuerte, adulto e invencible. En fin: para qué seguir. El pomposo anuncio de Fukuyama se interpretó como una gozosa llegada a puerto. Cautivo y desarmado el ejército rojo, etcétera, etcétera. La mayoría de la gente creyó que todo permanecería así forever and ever y volvió a renacer esa utopía decimonónica del progreso infinito y los recursos inagotables.
La hostia que nos hemos dado, hija mía, estaba cantada, como se te alcanzará.
A pesar de lo que nuestro buen Fuku dijo, sin embargo, la historia siguió, porque siguió el tiempo. De todas maneras, mientras trabajaba hoy, me preguntaba yo si, al fin y al cabo, el chicaguense de marras no había tenido razón después de todo. Porque, lo que resulta indiscutible es que la Historia empieza a terminarse cuando cualquier cosa se convierte en un “hecho histórico”. La muerte de un cantante, la de una aristócrata putorcio, o la horterada cuatrienal de las ceremonias de inauguración de los juegos olímpicos ¿En qué lugar queda la historia entonces? ¿Cuánto tiempo hubiera durado Napoleón como jefe de gobierno si los paparazzis le hubieran descubierto los amoríos extramatrimoniales? (no quiero decir con esto que Berlusconi esté, ni mucho menos, a la altura del corso) ¿Por qué noticia hubiera sido barrida la derrota de Waterloo en la era en que Al Jazeera y la CNN, y con ellas sus consumidores, necesitan noticias nuevas cada cuarto de hora?
A lo que voy: si todo es igual, si nada marca la diferencia, si no hay jeraquía, el presente se convierte en un disco brillante que gira idéntico a si mismo y la historia en una noción escurridiza y blandorra. Para mí, por ejemplo, el siglo pasado ya no es historia: todo lo más la sucesión de cambios en las páginas de inicio de una serie de webs.
Aunque quizá, lo que suceda es que está quedando en evidencia que, lo que llamamos historia no es más que una noción artificial. Puntos unidos con líneas para formar una constelación de hechos que trate de explicar este presente que admite mil interpretaciones verosímiles.
Tú, ¿Qué crees?
Besos de tu tío.

4 comentarios:
Paco, 2 cosas: la primera al nombrar el tema del capitalismo y el comunismo me ha venido a la cabeza la película que protagoniza el actor alemán que en alguna ocasión has nombrado en tu blog: Daniel Brühl, la de Good Bye Lenin!, me encanto y deja ver bien todo el asunto del caballo ganador... aunque eso daría para un debate mucho más intenso... no lo llamaría yo ganador, si no más bien el "superviviente".
Y la segunda cosa, chico, últimamente estás muy beligerante, ¿no? jeje
Un saludo!
La historia terminara solo cuando el último humano capaz de dejar algo escrito haya firmado su última crónica...o es que no te enseñaron que la diferencia entre prehistoria e Historia era el registro escrito...
Hola!
Gracias por vuestros comentarios y perdón por haber tardado unos días en contestar.
A Jorge: Goodbye Lenin es la primera peli que yo entendí en alemán. Eso, colega, es un hito en mi biografía austriaca. Después de ocho meses delante de la tele, por fin, entendí algo. Ahora me parece mentira.
En cuanto a lo del caballo ganador, superviviente es mejor. De lo de mi beligerancia...No me he dado cuenta...Nussé:-) ¿Será el calor?
Un saludo!
A Joako:tienes toda la razón, pero también la historia (tu blog, el mío) se basa en una selección de hechos...Y cualquier selección tiene una jerarquía, unos criterios. Quizá pase lo que se dice siempre cuando se habla de internet: la sobreinformación es la peor forma de la desinformación. Y también que, si cada tres días pasa algo "histórico" pues a uno se le hace callo.
Un saludo
Totalmente de acuerdo, recibimos la información sesgada y tratada por millones de manos, y al final no se si seremos capaces de separar grano de paja, al final la sobreinformción tiene también sus pelígros.
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