A ciegas (tercera y última)



24 de Noviembre.- Querida sobrina: con esta tercera carta terminaré la serie que empecé hace otras tantas semanas. Por no hacerte el cuento largo te diré que, después del primer reparto de café vinieron tres más en tres sábados consecutivos. Tras el primero de ellos, la monja organizadora se acercó a mí y me dijo:



-Verás: esta semana viene a visitarnos el obispo y el jardín está lleno de basura ¿Podrías limpiarlo?

Yo, por supuesto, dije que sí. Monja organizadora me dio un par de guantes de caucho de los que se usan en enfermería (usados) y una bols de basura industrial (también reciclada) y me indicó una parcela llena de matorrales salvajes en la que pasé una bonita  mañana a solas con mis pensamientos recogiendo colillas, latas oxidadas por décadas de intemperie y paquetes de tabaco descoloridos por el sol mesetario.

Tengo que aclarar a todo esto, Ainara que, salvo la amiga que me acompañó el primer día, nadie sabía nada de nada de mis excursiones sabatinas. Por una misteriosa razón, me daba un enorme pudor explicar lo que hacía los sábados por la mañana. A tus abuelos, para encubrir el madrugón (me tenía que levantar a las seis para llegar al otro extremo de Madrid a la hora convenida) les dije que estaba ensayando algo para el teatro.

Tercer domingo: tras el reparto del café y el correspondiente padrenuestro previo (al que yo seguía sin acostumbrarme) Monja Organizadora me indicó una habitación llena de trastos viejos y humedades que olía sospechosamente a meado de gato.

-Aquí, si Dios quiere, pondremos algún día una despensa pero antes...
-Sí, claro. Habrá que limpiarla.
-Pero hoy no estarás solo-dijo ufana la monja, como si me hiciera un gran favor- John –llamémosle así- te ayudará.

Fuimos a buscarle. Entramos a un dormitorio lleno de baqueteadas camas infantiles de madera rubia cubiertas con mantas raidas. Encima de cada cama, un cuadro de la virgen niña, de esos que forman parte imprescindible del atrezzo de cualquier episodio de Cuéntame –o, ya puestos, de cualquier película franquista con monja, tipo Sor Citroen-. John era un simpático borrachín americano que había llegado a Madrid, eso me contó, como músico de una banda de jazz. Mientras, con serio riesgo para nuestra salud John y yo retirábamos hierros oxidados, yo aproveché para practicar inglés. Ante lo inevitable, ya se sabe: entusiasmo.

El cuarto y último sábado de mi aventura trajo la gota que colmó el vaso de mi paciencia (por no decir también el de mi perplejidad).

Monja Organizadora me indicó una especie de barracón hecho de ladrillo visto techado con uralitas (en el que, en invierno, por cierto, tenía que hacer un frío de mil demonios) y me dijo que buscara a Mari Cruz, que debía de estar allí. Que ella me diría. Con tan enigmáticas instrucciones, entré en el barracón y me encontré con una señora delgada y enérgica que frisaba la sesentena.

-Buenas ¿Mari Cruz?
-Sí, soy yo.
-Me manda Monja Organizadora, que usted...bueno, que tú me dirías lo que tengo que hacer.
-¡Menos mal que me mandan ayuda! Porque yo sola es que ya no puedo. Pero es que estas santas...Mucho rezar, pero no se enteran de nada. Si no fuera por nosotros los voluntarios, esto se iba a hacer puñetas.

Pensé yo entonces, algo sacrílegamente, que el Espíritu Santo nunca se ha distinguido por sus dotes organizativas (vamos: no fue capaz ni de encontrarle a la Virgen y a San José un hotel de media chispa en Belén, que la pobre mujer tuvo que dar a luz en un establo: milagro fue que no muriese de una septicemia, la criatura).

En fin: Mari Cruz me señaló un cesto lleno con ropa de indigentes en el estado que todos podemos imaginarnos, y una pila de cemento con una tabla de lavar con un solo grifo, de agua fria (lo juro). Luego, me tendió dos guantes de goma de color rosa chicle y una pastilla de jabón lagarto. Y allí que nos pasamos toda la mañana los dos, dale que te pego. Ella echando pestes de los gays que querían casarse y yo pensando para mi capote lo de “qué hace un chico como tú en un sitio como este”.

Conforme yo refregaba ropa, a mí se me iba cayendo el alma a los pies. Cuando llegué a casa, a eso de la una de la tarde, les expliqué a tus abuelos en donde había estado durante los últimos cuatro sábados y si no me molieron a collejas no fue por falta de ganas. Tu abuelo, particularmente, después de llamarme tonto de todas las maneras en que se le ocurrió, dudó mucho de la integridad de las monjas que se aprovechaban de aquella manera de las almas cándidas como la de tu tío. Por supuesto, me hicieron jurar que no volvería más a aquel sitio.

Hoy, Ainara, después de los años, sigo sin entender por qué aquellas mujeres que gozan de una subvención de la comunidad de Madrid, no tienen lavadora. Pienso que Jesucristo, si viviera hoy y pudiera permitírsela, tendría una. Y no creo que la fe ni la salvación tengan nada que ver con la utilización de los electrodomésticos, ni con planificar la ayuda a los demás con dos dedos de frente. Es más: pienso que cosas como esta no son sino grandes ataques de vanidad de personas que entienden la decencia de una forma que a mí me parece errónea.

Aunque seguramente es mi problema.

Besos de tu tío (y perdón por esta larga carta de hoy).

6 comentarios:

lolibel dijo...

Tu sobrina te querrá un montón cuando lea estas cartas,se partirá de la risa de ver que que te pasas de bueno. Un beso.

Isabel Maria dijo...

Lolibel no te puedes imagimar lo bueno que es, no lo digo como madre, lo dice la gente que lo conoce por eso le pasan muchas cosas.

Se que le voy a sacar los colores pero en el hospital infantil de la Paz en la zona de hemodialisis infantil lo echan mucho demenos, y lo quieren un monton, me lo demuestran cada vez que voy a velas, todas me dicen que le de muchos besos a nuestro querido Paco cosa que yo cumplo claro.

Respecto a las entrandas que ha puesto, cuando nos enteramos de lo que estaba haciendo la verdad que nos enfadamos, pero el habia echo una promesa por mi y por eso no habia dicho nada, nos decia que estaba ensayando una obra nueva de teatro, y nosotros se lo creimos porque muchos dias asi lo hacia, y el cine se ha perdido un buen actor.
Un beso guapo

lolibel dijo...

Por lo que veo ,de tal palo tal astilla,enhorabuena por ser como soís. Un abrazo,y me he pasado por tu blog y me gusta,me pasaré por allí a visitarte.

Pablo dijo...

Mi experiencia con este tipo de cosas es que muchas veces el dinero de las subvenciones se gasta más en aparentar frente a otros que en las cosas donde realmente es necesario.

Por ejemplo, en el sitio donde estaba yo en Ecuador casi no teníamos comida, pero si venía alguien de fuera hacíamos una barbacoa de lujo. Los colchones eran tan finos que se notaban hasta las lamas del somier, pero se le compraron dos trajes a un chico para que fuese guapo a las entrevistas. Y así...

No en todas partes pasa lo mismo ¿eh?

el herpato dijo...

Efectivamente, mi hermano es una buena persona y estoy orgulloso de él. Hay que tener mucho valor para hacer lo que hizo.

Muchas gracias por la carta a Ainara.

Besos

Paco Bernal dijo...

Gracias por unos elogios que no merezco porque más que bondad, yo creo que fue "iscociencia" :-)

A Pablo: a mí me dan pena estas cosas. Yo creo que si se planificasen como Dios manda, las ayudas llegarían a mucha más gente.

A mi hermano: yo también te quiero mucho y no te digo lo buena gente que eres porque va a parecer que te lo digo por lo que me has dicho, pero ya sabes que lo pienso :-) (vaya lío)

Saludetes