Reflexiones de un pesimista congénito



26 de Enero.- Querida Ainara: cuando uno llega a la edad que tu tío tiene ahora, empieza a hacerse patente que, como para la economía somos útiles en la medida en que consumimos. Y dado que los jóvenes (o los que se sienten así) son los que más consumen, el sistema, con la colaboración indispensable de algunas de las partes más inconfesables de la naturaleza humana, ha propiciado la aparición de una juventud que, como no puede ser perpétua, se concentra sobre todo en ser una amnesia sobre la edad.


Si la generación de tus abuelos se vestía prematuramente de colores serios, si se trataba de exagerar las propias responsabilidades como un medio de justificar la propia existencia ante la sociedad, el leit motiv de  tu generación, Ainara, si todo sigue como va, será el de retrasar en lo posible el momento de hacerse mayores, de sentirse “viejos”.

Te pondré un ejemplo de lo que quiero decir: hace poco, una persona de mi entorno cumplió los cuarenta años y yo,inconscientemente, para consolarla, le dije “no te preocupes: los cuarenta son los treinta del siglo XXI”.

Sin embargo, Ainara, a pesar de los avances en la cosmética, a pesar de que nos esforcemos en ponernos ropa incongruentemente juvenil (uno, Ainara, ha envejecido irremediablemente cuando empieza a preocuparse de “aparecer” joven; los que sois jóvenes dais la mocedad por supuesta), a pesar de que nos dediquemos a comprar los últimos teléfonos móviles, o a jugar con la última estupidez que salga al mercado, llega un momento en que la huida se vuelve de todo punto infructuosa.

Es triste, Ainara, ver la cara de payaso triste que se les queda a muchos de mis contemporáneos cuando llegan a esa edad en la que, irremediablemente, se empiezan a tener lo que yo llamo “problemas de personas mayores” y no saben cómo reaccionar con dignidad.

Cuando uno se da cuenta de que las cosas se acaban, de que las personas a las que uno quiere caen enfermas y se van, de que los otros seres humanos, incluso con los que uno vive (incluso esos, más) pueden llegar a ser extraños como alienígenas.

Así,cuando la vida les estalla debajo de los pies, tratan de seguir con sus ropajes de un verano que declina de manera irreversible, intentan seguir jugando a unos juegos que les condenan a una infancia indefinida y antinatural, siguen acudiendo en masa a ver películas hechas para quinceañeros, tratan en resumen de que la vida vuelva a un estado al que no volverá jamás porque el tiempo, Ainara, no se sienta para nadie.

A pesar de ser una persona que trata de sonreir lo más posible (más para tranquilizar a los demás que porque yo me crea que esto tiene alguna gracia) soy de los que piensan que la vida va en serio y, arrastrando un pesimismo genético (parte indispensable del acervo de nuestra familia, aunque seamos muy chistosos) pienso que, aunque parezca lo contrario por ciertas victorias pasajeras, las cosas siempre acaban mal. Y que, por lo mismo, es mejor ir preparándose cuando todavía se está a tiempo.

Tu abuelo, un budista que no sabe que lo es, nos decía siempre de pequeños que “no nos hiciéramos ilusiones de nada” que, cuanto más nos importase algo, procurásemos verlo con la mirada neutra, desapasionada, con desapego. Parece que le estoy oyendo: “si sale bien, eso que os encontráis; si sale mal, no os pillará desprevenidos”.

Nadie me ha dado un consejo mejor en mi vida.

Besos de tu tío.

3 comentarios:

lolibel dijo...

Gracias por el consejo. Voy a hacerlo mío.Un abrazo.Loli

emejota dijo...

Estoy de acuerdo con tu abuelo. Bienvenido a adultolandia. un fuerte abrazo.

Anónimo dijo...

No es lo mismo los 40 años de nuestros padres a nuestros futuros 40 (para eso quedan unos añitos, tranquilidad, estamos estupendos).
Hay que disfrutar de todas las etapas de la vida, que tienen sus cosas buenas y malas, y vivir acorde con nuestra edad con un pelín de rebeldía, sólo un pelín
un besote, nuria