Más majo que las pesetas vienesas


foto: www.el-coleccionista.es

16 de Mayo.- España. Abril de 1938. Ecuador de la guerra civil. El país se encuentra dividido en dos partes más o menos iguales y, aunque la balanza parece empezar a inclinarse por el lado nacional, la victoria definitiva aún se presenta como un objetivo lejano. En otras palabras: en el partido no está todo dicho y aún puede pasar de todo.


En la parte llamada “nacional”, que cada vez goza de más reconocimiento inter(nacional), se ha pasado de lo que el historiador Javier Tussel llamó “la fase de estado campamental” a algo que quiere parecerse a una organización de la vida pública más alejada de la improvisación cuartelera que ha caracterizado a los primeros meses de la guerra.

Los dos bandos tienen que enfrentarse a un grave problema económico: la escasez de moneda. Del lado republicano, gran parte del metal disponible, las famosas “pesetas rubias” (así como las campanas de muchas iglesias) ha terminado en las fábricas de municiones. La República Española decide mitigar la gran carencia de dinero circulante emitiendo billetes de cinco pesetas. Una decisión que, a la postre, terminará por precipitar el final de la guerra y la victoria fascista. 

Las autoridades monetarias republicanas no se dan cuenta de que los billetes de cinco pesetas (como los de quinientos euros en la actualidad) hacen que surja, necesariamente, la necesidad de contar con moneda fraccionaria para que la gente pueda adquirir productos y servicios básicos del día a día. Esto, provocará que, a la postre, en el bando republicano casi cada municipio acuñe su propia moneda ya que no sobre metal, sobre todos los soportes imaginables (y facilmente falsificables, por cierto). Resultado, una inflación brutal y una devaluación catastrófica de la peseta republicana, con la consiguiente pérdida de credibilidad de la divisa del Gobierno legítimo.

El lado franquista encuentra una manera algo menos dañina de subsanar la carencia de billetes y monedas en circulación. Simplemente, se pone un sello a cualquier billete de banco emitido por la República que tenga fecha anterior al 18 de Julio de 1936.

Sin embargo, para abril de 1938, el bando sublevado se siente suficientemente seguro para encargar la primera gran emisión de moneda. El ABC de Sevilla informaba de esta manera a propósito de la nueva emisión:

«La nueva moneda de niquel. El ministerio de Hacienda ha acordado la acuñación de una moneda de 25 céntimos de peseta con aleación de cobre y níquel hasta un importe total de cinco millones de pesetas. La aleación de esta moneda será de 750 milésimas de cobre y 250 de níquel con tolerancias máximas de 10 por 1.000, y su peso será de siete gramos, con permiso de 15 por 1.000 en más o en menos. Será redonda, torculada y con canto liso. Tendrá un diámetro de 25 milímetros y llevará agujero central con diámetro de 3,5 milímetros. La inscripción será; "España, una, grande, libre, 1937. II Año Triunfal", en el anverso, y en el reverso un escudo de España, una rama de laurel y la inscripción "25 céntimos". Esta moneda se admitirá en los establecimientos sin limitación alguna y entre los particulares hasta la cantidad de cinco pesetas cualquiera que sea la importancia del pago.»

Las monedas a las que alude el artículo, tienen dos aspectos curiosos, uno de los cuales nos interesa especialmente. El primer dato curioso es que los 25 céntimos de 1937 anduvieron de mano en mano por los comercios españoles hasta 1951, momento en que fueron retirados de la circulación porque la aleación de cuproniquel de que estaba hecha la pieza era más cara que el valor nominal.

El segundo dato curioso es que estas monedas fueron acuñadas en Viena por la Berndorfer Metalwarenfabrik AG, propiedad del grupo Krupp, cuyos terrenos se encontraban a pocos kilómetros del balneario de Baden.


Para más información sobre la fábrica (en alemán) pincha aquí 


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