Heldenberg: entre el misterio y la leyenda

Archivo Viena Directo

16 de Agosto.- De los orígenes de Joseph Gottfried Pagfrieder se sabe muchísimo menos que del final de su vida. Lo único cierto es que, según su partida de bautismo, Pagfrieder era hijo natural de una tal Anna Moser, mujer de un empleado del coto de cazaMarchegg, lugar en el que los aristócratas de la época Habsburgo solían ir a cazar. Que el padre de Pagfrieder fuera el emperador José II, como él mismo afirmaba, es algo que hasta la fecha no se ha podido comprobar.

Una vez que salimos de estos orígenes nimbados de leyenda, la vida de Pagfrieder se vuelve muchísimo más rastreable.
Su participación en las guerras napoleónicas, durante las cuales ejerció de suministrador del ejército imperial (vituallas, zapatos, tejidos) le llevó a amasar una enorme fortuna. Utilizó una parte en la compra del Schloss Wetzdorf, en el Weinviertel (hoy, Niederösterreich). Pagfrieder invirtió en la vasta propiedad sumas que, al cambio actual, rondarían entre diez y doce millones de euros convirtiendo lo que había sido el solar de un aristócrata arruinado en un cómodo palacio de estilo clásico rodeado por enormes extensiones ajardinadas.
Sin embargo, si hoy nos interesa Pagfrieder es porque, tras la batalla de Custozza(1848) el riquísimo comerciante decidió levantar en sus dominios de Wetzdorf un monumento al heroismo del ejército.
En el memorial del Heldenberg estarían representados no sólo los héroes austriacos desde la edad media, sino también todos los emperadores de la dinastía Habsburgo(alguno de los cuales, sobra decirlo, no tuvo nada de heróico). Pero la guinda del pastel la pondría una tumba: la del mariscal Radetzky, del cual el riquísimo comerciante era íntimo.
Pagfrieder invirtió enormes sumas de dinero en la creación de su capricho. En total fueron erigidos 169 bustos, en su mayoría fabricados de una aleación de Zinc concebida para que pareciera bronce. Los bustos representan de manera realista a los personajes contemporáneos de Pagfrieder y se van aproximando lentamente al retrato idealizado conforme el representado va alejándose de la contemporaneidad del siglo diecinueve.
Sin embargo, el esotérico capricho de Pagfrieder estuvo a punto de quedarse en una excentricidad algo necrófila.
Cuando el anciano mariscal Radetzky, ya nonagenario, se retiró de la vida activa, el emperador Francisco José, para quien el viejo soldado había sido un segundo padre, le ofreció un honor inaudito para la época: como recompensa a los servicios prestados a la monarquía y al propio Francisco José, el mariscal Radetzky tenía permiso para ser enterrado en la cripta de los capuchinos, en Viena. 
A buen seguro, el adusto soldado estuvo a punto de sufrir un alipori pero, muy a su pesar,tuvo que rechazar la ditirámbica oferta. Como muchos militares de su tiempo, el mariscal Radetzky era un ludópata empedernido con una desagradable propensión a perder. Debido a esta lamentable circunstancia, Radetzky vivía acosado por los acreedores. Su amigo Pagfrieder acudió en su rescate a cambio de una concesión: en su testamento, Radetzky expresó su deseo de que, tras su fallecimiento, sus restos serían depositados en la fantasmal compañía de las efigies heróicas que poblaban el jardín del opulento mercader.
Así pues, tras las multitudinarias honras fúnebres celebradas en Viena, los restos del ancianísimo Radetzky fueron inhumados, con la presencia de la familia real, en la cripta que su amgio Pagfrieder había preparado para él en el parque de su jardín, junto a una inscripción en la que puede leerse “Aquí trabaja la naturaleza en la disolución del ser humano”.
(Por cierto: Pagfrieder está también enterrado junto a su admirado mariscal. A su muerte, fue depositado en la cripta, sin testigos vestido con una armadura y una gran capa roja. Está enterrado sentado).
 Para más fotos del capricho del excéntrico Pagfrieder, mis lectores pueden pincharaquí.
 Este post, por cierto, también se publica aquí.