16 de Enero.- Me resulta enormemente misterioso que, dada la reconocida humildad de los propósitos de este blog, haya gente que se tome tan a pecho lo que escribo en él.
No hay más que ver los anónimos que me envían mis sufridos lectores para darse cuenta de que, involuntariamente, estoy provocando que se reproduzcan las actitudes que están presentes en la sociedad española y que pueden conducirla cualquier día de estos, estupidez propia mediante, a cualquier consecuencia indeseable. También me divierte darme cuenta de que mis anónimos corresponsales (menos anónimos en cuanto que sospecho sus nombres) se tratan de usted, y me resulta extremadamente divertido que, conociéndolos a los dos, sólo yo tenga la llave de lo parecidos que son. Es un placer íntimo, en cualquier caso, hecho a la medida de mi ingenuidad y de la puerilidad con la que expongo mis argumentos.
Por cierto, que releyendo mis torpes razones, me he dado cuenta de que he dicho varias veces cosas que no quería decir. Cuando he escrito que “La fuerza de Hitler no fue nunca la más votada” lo que quería decir en realidad era que “la fuerza de Hitler no fue nunca mayoritaria”. El comentario a propósito de los libros que incitan al sueño tampoco es que sea un prodigio de claridad, pero supongo que se ha entendido.
Los comentarios que me dejan me sirven, además, para confirmar cierta tendencia nacional a las discusiones bizantinas, que son, por otra parte, absolutamente inútiles. Dudo mucho que se llegue a esclarecer nunca el quién, el cómo, y, sobre todo y más importante, el porqué de los atentados del 11 de Marzo. Lo que sí que creo que puedo hacer es predecir cuál será el resultado final de la investigación: está al alcance de cualquiera que tenga dos dedos de frente, en mi opinión: llegaremos a un momento en que las montañas de papeles de los sumarios, las declaraciones contradictorias, los relatos de los testigos que ganan y pierden la memoria, los clavos ardiendo de Casimiro García Abadillo, las pruebas auténticas, las pruebas falsas, los yo conozco a un funcionario que me dijo que sabía de buena tinta que fulanito había sido confidente de la policía, las mochilas auténticas, las mochilas falsas, los papelitos encontrados en celdas de delincuentes, los vídeos encontrados en papeleras anónimas, los qué hubiera pasado si no...O los qué hubiera pasado si...Todas estas cosas, aún siendo analizadas por sesos de intenciones prístinas, llevarán a una teoría de la conspiración que será uno más de los enigmas de la historia. Uno de esos enigmas, como la muerte de Kenedy, como la de Diana de Gales, que los periodistas perezosos desentierran una vez al año (generalmente en verano) y que cautivan las conciencias de los más imaginativos, y avivan el rencor de los que consideran que tuvieron algo que perder. Y se recopilarán los datos, y quizá Amenábar, cuando sea más mayor, se decida a hacer una película mezclando imágenes de archivo con las conmovedoras historias reales, utilizando como banda sonora los grandes éxitos de ayer, de hoy, y de siempre. Y entonces, cuando uno salga del cine, se preguntará:
-¿Y cómo pudieron mantener en secreto todo esto tan complicado?
O bien:
-¿Cómo pudieron seguir un plan tan minucioso y tan poco práctico sin perderse?
Pero eso no resolverá nada. Los muertos no volverán a la vida, ni el curso de los acontecimientos podrá desviarse. Ni Rajoy será el presidente del gobierno eficiente, mediocre y gris que Aznar soñó que fuera, ni Zapatero podrá gozar del perfeccionamiento que le hubieran dado cuatro años más de banquillo. Con todo lo que esto implica.
Las oscuras golondrinas no volverán a colgar sus nidos y todos seremos un poco más viejos y no nos resignaremos a darnos cuenta de que la verdad no existe y de que lo que, ilusioriamente, llamamos verdad, realidad, no es más que una simplificación que nuestra mente construye todos los días para no volvernos locos.
Seguiremos sin saber que necesitamos pensar que lo que creemos es más coherente que lo que cree el vecino. Disculparemos los defectos del tirano que mejor nos caiga (Chávez, Bush, Saddam, Zapatero, Rajoy, son todos son iguales) como a los dieciseis años disculpábamos que el ser humano que nos provocaba una erección estuviera enamorado, inexplicablemente, de otra persona. Todo en nombre de nuestro estúpido orgullo de seres sapientes, de seres que tienen miedo a ser tachados de pueriles ni de infantiles. Seres que aspiran a dominarlo todo, a saberlo todo. Sin darse cuenta de que, al final, nadie sabe nada. Esto no sirve para nada. Y nada (o casi) vale la pena.
Por cierto, que releyendo mis torpes razones, me he dado cuenta de que he dicho varias veces cosas que no quería decir. Cuando he escrito que “La fuerza de Hitler no fue nunca la más votada” lo que quería decir en realidad era que “la fuerza de Hitler no fue nunca mayoritaria”. El comentario a propósito de los libros que incitan al sueño tampoco es que sea un prodigio de claridad, pero supongo que se ha entendido.
Los comentarios que me dejan me sirven, además, para confirmar cierta tendencia nacional a las discusiones bizantinas, que son, por otra parte, absolutamente inútiles. Dudo mucho que se llegue a esclarecer nunca el quién, el cómo, y, sobre todo y más importante, el porqué de los atentados del 11 de Marzo. Lo que sí que creo que puedo hacer es predecir cuál será el resultado final de la investigación: está al alcance de cualquiera que tenga dos dedos de frente, en mi opinión: llegaremos a un momento en que las montañas de papeles de los sumarios, las declaraciones contradictorias, los relatos de los testigos que ganan y pierden la memoria, los clavos ardiendo de Casimiro García Abadillo, las pruebas auténticas, las pruebas falsas, los yo conozco a un funcionario que me dijo que sabía de buena tinta que fulanito había sido confidente de la policía, las mochilas auténticas, las mochilas falsas, los papelitos encontrados en celdas de delincuentes, los vídeos encontrados en papeleras anónimas, los qué hubiera pasado si no...O los qué hubiera pasado si...Todas estas cosas, aún siendo analizadas por sesos de intenciones prístinas, llevarán a una teoría de la conspiración que será uno más de los enigmas de la historia. Uno de esos enigmas, como la muerte de Kenedy, como la de Diana de Gales, que los periodistas perezosos desentierran una vez al año (generalmente en verano) y que cautivan las conciencias de los más imaginativos, y avivan el rencor de los que consideran que tuvieron algo que perder. Y se recopilarán los datos, y quizá Amenábar, cuando sea más mayor, se decida a hacer una película mezclando imágenes de archivo con las conmovedoras historias reales, utilizando como banda sonora los grandes éxitos de ayer, de hoy, y de siempre. Y entonces, cuando uno salga del cine, se preguntará:
-¿Y cómo pudieron mantener en secreto todo esto tan complicado?
O bien:
-¿Cómo pudieron seguir un plan tan minucioso y tan poco práctico sin perderse?
Pero eso no resolverá nada. Los muertos no volverán a la vida, ni el curso de los acontecimientos podrá desviarse. Ni Rajoy será el presidente del gobierno eficiente, mediocre y gris que Aznar soñó que fuera, ni Zapatero podrá gozar del perfeccionamiento que le hubieran dado cuatro años más de banquillo. Con todo lo que esto implica.
Las oscuras golondrinas no volverán a colgar sus nidos y todos seremos un poco más viejos y no nos resignaremos a darnos cuenta de que la verdad no existe y de que lo que, ilusioriamente, llamamos verdad, realidad, no es más que una simplificación que nuestra mente construye todos los días para no volvernos locos.
Seguiremos sin saber que necesitamos pensar que lo que creemos es más coherente que lo que cree el vecino. Disculparemos los defectos del tirano que mejor nos caiga (Chávez, Bush, Saddam, Zapatero, Rajoy, son todos son iguales) como a los dieciseis años disculpábamos que el ser humano que nos provocaba una erección estuviera enamorado, inexplicablemente, de otra persona. Todo en nombre de nuestro estúpido orgullo de seres sapientes, de seres que tienen miedo a ser tachados de pueriles ni de infantiles. Seres que aspiran a dominarlo todo, a saberlo todo. Sin darse cuenta de que, al final, nadie sabe nada. Esto no sirve para nada. Y nada (o casi) vale la pena.

1 comentario:
Pues me parece bien, Paco, que tus escritos provoquen reacciones. ¿No querrás ser un escritor anodino? Piensa que en España ya existen muchos de ésa categoría. No sufras, en España no se repetirá nada. Ni la sociedad actual tiene nada que ver con la de los años 30, ni las personas que la forman poseen la misma predisposición. La guerra que se avecina es contra la hipoteca, el pago del crédito personal, la VISA al rojo vivo y mantener el precario puesto de trabajo. Con esas condiciones, difícilmente alguien marcha a las barricadas. Persiste, no quieras ser tan correcto ni comedido. Actúa como el marinero Stubb en Moby Dick: “no sé qué es lo que me espera (cada vez que cuelgo un post), pero sea lo que sea iré hacia a ello con una sonrisa”. Si te apetece escribir de política, escribe; hazlo con convicción, pulso firme y desplante chulesco. Después, con las réplicas, la rapidez del látigo y la mordacidad del “flagrum”. Mientras todo quede en un blog significa que una sociedad avanza. Fíjate si existen sociedades avanzadas, que en Viena pueden comerse chocolate con churros. Quedo a la espera. Saludos, y no os lo toméis tan a pecho, que la guerra comenzará, pero contra la hipoteca, la VISA,…
Por cierto, buen post el de hoy.
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