Memorias del Mundo Perdido (Primera Parte)
5 de Enero de 2007.- A lo largo de mi vida he tenido la suerte de conocer a gente interesantísima. En muchos casos, me he quedado con las ganas de profundizar más. Cuando yo era pequeño y trabajaba en la tele, hubo un programa que se llamó “El bus” del que alguna vez he hablado aquí. Consistía en que un grupo de seres absurdos se entregara a un periplo no menos absurdo por España. El público, que es imprevisible pero no tanto, pensó que para qué querían comprar la imitación si tenían a su disposición el original –Gran Hermano, que en aquellos momentos, alcanzaba los shares inhumanos que luego alcanzaría la primera Operación Triunfo-, el caso es que “El bus” fracasó estrepitosamente y uno de los máximos responsables de aquella televisión fue despedido para conjurar el marrón. Esta persona era toda una institución. A mi juicio, es una de las personas que más sabe de televisión en España (el otro es A.R., el salvador de Ana Rosa Quintana) y, si yo tuviera un canal, los dos estarían entre los componentes de mi equipo soñado.
Durante diez años este hombre había sido tan consustancial a la empresa en la que yo trabajaba como la torre de emisiones. Antes, había formado también parte de mi infancia. Era el realizador de mi programa favorito: el kiosco. Cada tarde de jueves, cuando el programa empezaba, yo podía ver su nombre en los créditos (la maqueta de un kiosco girando contra un croma en el que se proyectaban fuegos artificiales). Así que, cuando empecé a trabajar en la tele, me pareció un milagro que este primer artífice de mis sueños infantiles se hubiera convertido, andando el tiempo, en mi jefe.
El día en que le despidieron, supongo que como una última demostración de fuerza, nos convocó a todos sus subordinados (incluso a los menos importantes, como a mí) en una sala de reuniones. Llegamos todos ateridos por el miedo al gran elefante blanco y él nos recibió sentado y exhibiendo un extraño aire triunfal. Nos miró a todos a la cara y luego, sin dejar de fumar, una especie de Groucho Marx en su sano juicio, desgranó unas palabras de agradecimiento por los servicios prestados.
(Me consta que, en algunos casos, estos servicios prestados habían consistido en olvidar que se tenía familia, compromisos o amistades).
A mí, lo que más me impresionó fue que aquel hombre, con su inteligencia, creaba un campo eléctrico que te traspasaba y te invadía. Cuando empezó a hablar, el ambiente se cargó de una extraña euforia: la que da presenciar el trabajo de un aparato exacto y bien calibrado. Los que trabajaban con él más directamente contaban historias increibles, de maratonianas jornadas de trabajo de quince horas (tenía dos o tres secretarias que se relevaban ante la evidencia de su incansable actividad), su completa intolerancia hacia los fallos, su memoria(era un hombre que tenía el dato en la cabeza antes de que alguien tuviera tiempo de mirarlo en la pantalla del ordenador) y, por qué no, su temible ira.
Terminada su charla, apagó el cigarro y nos despidió sin levantarse. Creo que dedicó a las mujeres alguna palabra amable.
Recuerdo que, como siempre en estos casos, se encendió en mí una sed que está compuesta mayormente de curiosidad.
La misma perplejidad que nos producen los fenómenos que no podemos comprender.
Alguien le ha rescatado de su retiro para dirigir una televisión que hace aguas sin que nadie (al parecer) pueda evitarlo. Yo, estoy deseando comprobar los resultados.
Durante diez años este hombre había sido tan consustancial a la empresa en la que yo trabajaba como la torre de emisiones. Antes, había formado también parte de mi infancia. Era el realizador de mi programa favorito: el kiosco. Cada tarde de jueves, cuando el programa empezaba, yo podía ver su nombre en los créditos (la maqueta de un kiosco girando contra un croma en el que se proyectaban fuegos artificiales). Así que, cuando empecé a trabajar en la tele, me pareció un milagro que este primer artífice de mis sueños infantiles se hubiera convertido, andando el tiempo, en mi jefe.
El día en que le despidieron, supongo que como una última demostración de fuerza, nos convocó a todos sus subordinados (incluso a los menos importantes, como a mí) en una sala de reuniones. Llegamos todos ateridos por el miedo al gran elefante blanco y él nos recibió sentado y exhibiendo un extraño aire triunfal. Nos miró a todos a la cara y luego, sin dejar de fumar, una especie de Groucho Marx en su sano juicio, desgranó unas palabras de agradecimiento por los servicios prestados.
(Me consta que, en algunos casos, estos servicios prestados habían consistido en olvidar que se tenía familia, compromisos o amistades).
A mí, lo que más me impresionó fue que aquel hombre, con su inteligencia, creaba un campo eléctrico que te traspasaba y te invadía. Cuando empezó a hablar, el ambiente se cargó de una extraña euforia: la que da presenciar el trabajo de un aparato exacto y bien calibrado. Los que trabajaban con él más directamente contaban historias increibles, de maratonianas jornadas de trabajo de quince horas (tenía dos o tres secretarias que se relevaban ante la evidencia de su incansable actividad), su completa intolerancia hacia los fallos, su memoria(era un hombre que tenía el dato en la cabeza antes de que alguien tuviera tiempo de mirarlo en la pantalla del ordenador) y, por qué no, su temible ira.
Terminada su charla, apagó el cigarro y nos despidió sin levantarse. Creo que dedicó a las mujeres alguna palabra amable.
Recuerdo que, como siempre en estos casos, se encendió en mí una sed que está compuesta mayormente de curiosidad.
La misma perplejidad que nos producen los fenómenos que no podemos comprender.
Alguien le ha rescatado de su retiro para dirigir una televisión que hace aguas sin que nadie (al parecer) pueda evitarlo. Yo, estoy deseando comprobar los resultados.
1 comentario:
Vete a dormir pronto que si no los Reyes pasan de largo; ya lo sabes.
Por cierto, si estás engordando ya sabes: Dieta Prikopil. Tengo un sótano en casa, si quieres puedo habilitarlo. jajajajajaja
Saludos, hacía días que no pasaba por Viena Directo.
Ciao.
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