
Relaciones contranatura
10 de Enero.- Este está siendo un invierno caliente, además de porque los almendros están floreciendo en medio mundo con meses de adelanto, por lo que traen los periódicos.
Sin ir más lejos, Die Presse y los demás periódicos austríacos llevan estos días a su portada que, tras un complicado proceso de negociación, el Partido Socialista Austríaco y el Partido Popular Austríaco (SPö Y ÖVP, respectivamente) van a gobernar formando una enorme coalición en la que todo el mundo quedará igual de descontento (tradúzcase, según la forma de ser austríaca, que al quedar igual de jodidos, todos quedarán más o menos igual de felices)
El canciller –lo que para nosotros sería el presidente del gobierno- será nuestro amigo Gusembauer (pronúnciese Gusembagüa, socialista) y la mayoría de las carteras ministeriales importantes –que, en la práctica suponen los resortes de la maquinaria estatal- irán a parar al partido popular.
Los votantes de izquierdas están enfadados, y con razón, y los de derechas, casi como que respiran con alivio, porque el anterior canciller –Wolfgan Schüsel- era un señor de nulo carisma popular y, en el fondo, todo el mundo estaba deseando quitárselo de enmedio. De cualquier manera, esto supone una especie de café para todos en el que, muy al estilo austríaco, y usando la gráfica expresión del clásico: disfrutarán todos y la pilingui no terminará en el río.
Vale la pena explicar que el panorama político austríaco es muy complejo. A pesar de ser un país canijo –en cuanto a universo de votantes- dichos votantes se encuentran muy polarizados. Por un lado, están las grandes ciudades que son gobernadas por partidos de izquierdas (Viena a la cabeza que, desde hace años, es un feudo socialista) y del otro, la extensa red de pequeños pueblecitos que forman la Austria rural, que es enormemente conservadora y que está copada por los partidos de la derecha (básicamente los del Partido Popular y los dos partidos de ultraderecha que son como el Epi y Blas de la política austríaca).
Estos dos partidos,el FPÖ y el BZÖ, merecen mención aparte. Nacieron de la escisión del partido originalmente fundado por Georg Haider (un ser al que le pasa como a Jesus Gil, que cada vez que habla, sube el pan) el caso es que a Georg le echaron de su formación original –se ve que por no ser suficientemente radical- y entonces fundó un partido propio cuyo feudo es Carintia –esa provincia que viene a ser como la Galicia de Austria, o sea, un lugar diferente-; estos dos partidillos –no llegan al diez por ciento del electorado- son la sal política de este país, porque en los debates televisivos sus dirigentes se tiran los trastos a la cabeza sin el menor pudor. Acaparan los votos de los menos pudientes, que son los que están sufriendo más en sus carnes las consecuencias de la inmigración que viene a Austria atraida por el mensaje de que aquí, las longanizas con que se ata a los perros son las de mejor calidad de la Europa Central.
El mensaje es simple: sin extranjeros todos viviríamos mejor. Austria fuera de la UE. Preferencia de los nacionales para cualquier cosa: desde las escuelas hasta las candidaturas laborales. Se da el caso de que en este país, por su historia, todo el mundo es mixto y salvo los nobles (que pueden defender con documentación su árbol genealógico) rara es la familia que no tenga sangre serbia, bosnia, italiana por el sur, polaca o de más allá. Con lo cual, las diatribas de los dos dirigentes ultras no deberían tener mucho sentido. El caso es que lo tienen, y que los austríacos de menos estudios (aquellos que retrata Mundl en su tradicional especial de nochevieja) le ven toda la lógica al mensaje abiertamente racista de los ultraconservadores. También, por qué no decirlo, los austríacos más inquietos y menos pacientes están cansados de la fosilizada alternancia de los dos partidos mayoritarios, y aspiran a emociones más fuertes proporcionadas por estos dos partidarios del lado salvaje de la vida.
En cualquier caso, y gracias a Dios, los dichos ultraconservadores no tienen al frente a dirigentes mínimamente inteligentes. Uno es un pisaverde de ojos rabiosamente azules –conviene destacar el pasado ario de uno, cuando uno aspira a jardinero máximo del jardín ultra- y el otro, es un señor con esposa y niña que aunque tiene un reino pequeño como el principado de Sealand, tiene maneras de presidente de los Estados Unidos. Ayer en la ORF –un plató como de tele local española- departían los principales dirigentes austríacos a propósito de las alianzas, compras y ventas que, aún enfureciendo a la mayoría de la población, van a dar lugar al nacimiento del nuevo gobierno austríaco.
En España, la situación no es menos interesante y obedece a un curioso efecto espejo: también el PSOE y el PP –sospecha uno que a instancias de una autoridad superior- están haciendo de tripas corazón para superar sus diferencias. Ayer, tuve que frotarme los ojos cuando vi en el telediario de Telemadrid la inédita imágen de Rubalcaba y Zaplana (ese ser híspido) dándose palmaditas en la espalda y sonriendo ante los fotógrafos congregados para documentar ese milagro de los panes y los peces.
Es triste que haya tenido que haber dos muertes para que nuestros políticos se pongan las pilas.
Por cierto, y como dijo el clásico, en otro orden de cosas: repárese la próxima vez que se vea al presidente del gobierno de la nación (de la nuestra, me refiero) en el tinte de pelo que se ha hecho dicho presidente de la nación y en el corte de pelo defilé (o sea, a capas) que lució ayer en una reunión con los sindicatos ecuatorianos –los pobres-. Por tutatis: me dejó without words.
En España, la situación no es menos interesante y obedece a un curioso efecto espejo: también el PSOE y el PP –sospecha uno que a instancias de una autoridad superior- están haciendo de tripas corazón para superar sus diferencias. Ayer, tuve que frotarme los ojos cuando vi en el telediario de Telemadrid la inédita imágen de Rubalcaba y Zaplana (ese ser híspido) dándose palmaditas en la espalda y sonriendo ante los fotógrafos congregados para documentar ese milagro de los panes y los peces.
Es triste que haya tenido que haber dos muertes para que nuestros políticos se pongan las pilas.
Por cierto, y como dijo el clásico, en otro orden de cosas: repárese la próxima vez que se vea al presidente del gobierno de la nación (de la nuestra, me refiero) en el tinte de pelo que se ha hecho dicho presidente de la nación y en el corte de pelo defilé (o sea, a capas) que lució ayer en una reunión con los sindicatos ecuatorianos –los pobres-. Por tutatis: me dejó without words.
Y es que los presidentes españoles no han tenido mucha suerte con aquello de la imagen: desde aquellas patillas canas que Pilar Miró inventó para Felipe González y que le hacían parecer un galán de culebrón hasta el bigote de Aznar (cuánto y cuánto ha dado que hablar ese bigote) hasta el corte defilé de nuestro presidente actual. El único que se salvaba un poco -porque eran los años setenta, porque éramos más ingénuos quizá- era el pobre Suárez, aquel caballero que se parecía a Orestes.
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