El dinosaurio se asomó a la ventana
9 de Enero.- No. No quiero contar la famosa anécdota (probablemente apócrifa) de Ana Botella y Augusto Monterroso. Aunque, pensándolo bien, como lo que voy a decir luego es tan pesimista, no hay que ahorrarle a nadie una sonrisa. Cuentan los cronistas de la Mancha, con Cide Hamete Benengeli a la cabeza que estando Monterroso disfrutando de la hospitalidad monclovita con motivo de la concesión de un premio, deseando disfrutar de la belleza simpar de la señora Botella (cantada con ditirámbicos excesos por Pedro J. Ramírez en sus libros) se sentó a su lado. Segun Hamete Benengeli, la Sra. Botella sorbía despaciosamente una tacita de café con el meñique convenientemente erecto y Monterroso, sin saber cómo romper el hielo, ya fuera por sí mismo, o mediante persona interpuesta, le preguntó:
-¿Le gusta a usted leer?
Botella iluminó el salón con una sonrisa que mostró las dos ristras de perlas que tiene por dientes y dijo que a ella, lo que más le gustaba en el mundo era la lectura. Ella estaría pensando que Monterroso le preguntaría seguramente sobre el último libro de Antonio Gala (ese escritor que hace tan señora fina) pero en vez de eso, Monterroso, rendido a sus pies, le preguntó:
-¿Y ha leido usted El Dinosaurio?
Botella, sonriente, miró al techo, como quejándose silenciosamente de las servidumbres de un cargo que la apartaba de la hermosa república de las letras y luego, le dijo a Monterroso:
-No pude terminarlo, señor Monterroso. Lo dejé a la mitad.
Con lo cual, el ilustre premiado debió quedar enormemente contrito. Como todo el mundo sabe, El Dinosaurio es una especie de haiku literario: un microcuento que tiene sólo una línea.
En fin: voy al lío.
Leo en la prensa digital que un grupo de sesudos científicos reunidos en Copenhage han pronosticado que, para el año 2070-mañana por la mañana, como aquel que dice-, y como esto siga así, los países ribereños del Mediterráneo serán un desierto, empezándose a sufrir las desastrosas consecuencias a partir del año 50 de este siglo. Entre los catastróficos acontecimientos que se predicen, está que cada año se producirán 87.000 muertes debido al calor, que las cosechas se reducirán en un cincuenta por ciento y que el turismo caerá debido a que los señores del norte dejarán de querer beneficiarse del sol español. Entre tanta catástrofe, los científicos de Copenhage aseguran que las bendiciones climáticas recaerán en Dinamarca y los países bajos, cuyo clima se volverá más cálido y que las cosechas de productos agrícolas subirán en estos países tradicionalmente fríos. También se dice que a poco que los gobiernos se esforzaran un poco, se podrían atenuar los efectos de un cambio climático que, según ellos, ya es imparable. Las previsiones están hechas teniendo en cuenta un aumento de la temperatura media global de 3 grados de nada y, aseguran, se han basado para hacerlas en las más sofisticadas técnicas de observación y previsiones estadísticas.
Hace unos años, las previsiones iban en otro sentido (de hecho, se aprovecharon para un film de Hollywood) y decían que el cambio climático no nos asaría de calor, sino que nos mataría por frío. Sostenían los teóricos de esta segunda opinión que cuando las temperaturas aumentasen y se derritiesen los casquetes polares el aumento de agua líquida disminuiría la salinidad de los océanos y se cepillaría el flujo de la corriente del Golfo, que es la que hace que Europa y Washington tengan climas tan diferentes. Yo he llegado a leer que las Islas Británicas, debido a su latitud, quedarían condenadas a un clima polar de lo más desagradable.
Los científicos no se aclaran pero, cada vez más, parece que las personas de la calle despertamos hacia una nueva realidad que puede implantarse de una manera tan brusca como nunca antes se ha visto en la historia. Una realidad que puede traer imágenes tan espeluznantes como las de los barcos varados en mitad de un desierto que antes era el mar de aral. La costa del sol puede convertirse en un páramo de hormigón, con torres de apartamentos inundadas hasta la planta tercera o cuarta. Por no hablar de que, siguiendo con las profecías, muchas especies marinas se extinguirán (algunas, como la anchoa, están empezando a ser ya raras) y quizá tengamos que pagar los pimientos a precio de oro en barras.
La realidad no es inmutable y aún podemos hacer algo.
¿Aún?

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