Los protas de la cosa, posando en el photocall
Los protas en plena hazañaAnoche soñé que volvía a Manderley
5 de Marzo.- Ayer tarde soñé que volvía a Manderley. O sea, que estuve viendo la versión musical de Rebeca que han hecho por estas tierras austríacas. Fue en el Raimond Teather, que es un coliseo que se levantó en el siglo XIX y que conserva todo ese aroma clasista de los teatros de antes, con sus plazas de pie, y sus butacas esquinadas, y sus plateas desde las que parece que te vas a precipitar al escenario como tengas un tropezón inorportuno.
Antes de pasar a detallar lo que me pareció la representación, quisiera decir que, a mi modesto entender, Rebeca es una variación sobre el viejo tema de la suegra mala que ya glosábamos hace unos días. La variación está en que la suegra no es la suegra, sino la esposa difunta del señor de la casa y su poder se ejerce por delegación en la persona de la señora Danvers, el ama de llaves. Por lo demás: sombra de rebeca, sombra de misterio, eres la cadena de mi cautiverio. La señora Daphne du Maurier –autora de la novela original- probó un exitoso cruce entre la mecánica de los cuentos de hadas y la de la novela romántica á la Corinne Tellado. De los cuentos de hadas, la señora Du Maurier sacó, obviamente, la protagonista: pobre como cenicienta y angelical como una monja de clausura; de los cuentos de hadas sacó el personaje malvado, el caserón misterioso, las puertas que no deben abrirse, las pruebas que el alma cándida debe de pasar para situarse a un nivel superior. No falta tampoco el viudo de patillas grises y oscuro secreto que desdeña la sofisticada memoria de la difunta, en favor del atractivo natural (y un tanto sosainas, reconozcámoslo) de una “probe” chica que conoce en la Costa Azul mientras hace de dama de compañía de una viuda americana.
En cuanto a la representación, decir que, francamente, me esperaba más.
Antes de pasar a detallar lo que me pareció la representación, quisiera decir que, a mi modesto entender, Rebeca es una variación sobre el viejo tema de la suegra mala que ya glosábamos hace unos días. La variación está en que la suegra no es la suegra, sino la esposa difunta del señor de la casa y su poder se ejerce por delegación en la persona de la señora Danvers, el ama de llaves. Por lo demás: sombra de rebeca, sombra de misterio, eres la cadena de mi cautiverio. La señora Daphne du Maurier –autora de la novela original- probó un exitoso cruce entre la mecánica de los cuentos de hadas y la de la novela romántica á la Corinne Tellado. De los cuentos de hadas, la señora Du Maurier sacó, obviamente, la protagonista: pobre como cenicienta y angelical como una monja de clausura; de los cuentos de hadas sacó el personaje malvado, el caserón misterioso, las puertas que no deben abrirse, las pruebas que el alma cándida debe de pasar para situarse a un nivel superior. No falta tampoco el viudo de patillas grises y oscuro secreto que desdeña la sofisticada memoria de la difunta, en favor del atractivo natural (y un tanto sosainas, reconozcámoslo) de una “probe” chica que conoce en la Costa Azul mientras hace de dama de compañía de una viuda americana.
En cuanto a la representación, decir que, francamente, me esperaba más.
Como en Elisabeth –antecedente de esta Rebeca y que era una versión musical de la vida de la emperatriz más famosa de Austria- hay una producción fastuosa, unos decorados que quitan el hipo (en este caso, también, unos efectos especiales que levantan la tapa del sentío), unos actores más que correctos, y una compañía entrenada y capaz. Pero falta lo más importante: el alma. Rebeca es un precioso envoltorio sin nada dentro. Porque los personajes son esquemáticos y robóticos y, lo que es peor, el teatro teatro te hace añorar el cine cine. Porque cuando uno oye hablar de Max deWinter, irremediablemente, le viene a la memoria Sir Laurence Olivier –modelo de viudos torturados de patillas artificialmente encanecidas-, cuando uno oye hablar de su nueva esposa, no puede evitar pensar en Joan Fontaine (cuenta la leyenda que se odiaban y que Laurence Olivier le decía obscenidades al oido durante las escenas de amor para que ella pusiera carita de asustada). Y por fin, cuando uno oye hablar de la Señora Danvers, sólo le viene a la cabeza una: Judith Anderson. Con su moño de rosca, su lunar, su mirada felina entornada, su cara de loca cuando coge el salto de cama de la muerta y lo acaricia. Las lesbianas del mundo entero deben odiarla, porque consagró el molde de que las lesbianas (criaturas) son señoras frígidas como la Danvers que están obligadas a morir al final de la historia entre las cenizas de su propia pasión imposible.
Nuestro Max de Winter era un actor famosete aquí, de buena voz, pero con el mismo problema de Manolo Escobar (llevaba alzas en los zapatos para ser un poquito más alto que la prota); su oponente era chaparrita y graciosa, con una voz dulce de las que se estilan aquí y estaba gordita (circunstancia que no contribuía nada a disimular un vestuario rosa de flapper metida en carnes); y por último, la señora Danvers era una mujer alta enfundada en un indescriptible modelo negro que le aplastaba el pecho (una regla no escrita del teatro es que la mala no puede estar más buenorra que la buena de la historia). Asimismo, para envejecerla, tenía un mechón blanco sobre el ojo derecho que la hacía parecer la hermana estreñida del abuelo de los Monster.
Quisiera terminar con una curiosidad: en ningún momento, se dice el nombre del personaje que en el cine hizo Joan Fontaine.
¿Y el fuego? Sí: al final, Manderley se quema con fuego de verdad y fuego de efectos especiales, aunque Hitchcock encontró una solución mejor al mostrar a la señora Danvers impasible entre las llamas. Aquí, la Danvers –o un doble con pelucón y camisón blanco- atraviesa el escenario envuelta en llamas en un final un tanto artificial.
En fin, que para veintitrés euros la cosa no estuvo mal, pero que cualquier tiempo pasado (en esto, como en todo) fue mejor.
Nuestro Max de Winter era un actor famosete aquí, de buena voz, pero con el mismo problema de Manolo Escobar (llevaba alzas en los zapatos para ser un poquito más alto que la prota); su oponente era chaparrita y graciosa, con una voz dulce de las que se estilan aquí y estaba gordita (circunstancia que no contribuía nada a disimular un vestuario rosa de flapper metida en carnes); y por último, la señora Danvers era una mujer alta enfundada en un indescriptible modelo negro que le aplastaba el pecho (una regla no escrita del teatro es que la mala no puede estar más buenorra que la buena de la historia). Asimismo, para envejecerla, tenía un mechón blanco sobre el ojo derecho que la hacía parecer la hermana estreñida del abuelo de los Monster.
Quisiera terminar con una curiosidad: en ningún momento, se dice el nombre del personaje que en el cine hizo Joan Fontaine.
¿Y el fuego? Sí: al final, Manderley se quema con fuego de verdad y fuego de efectos especiales, aunque Hitchcock encontró una solución mejor al mostrar a la señora Danvers impasible entre las llamas. Aquí, la Danvers –o un doble con pelucón y camisón blanco- atraviesa el escenario envuelta en llamas en un final un tanto artificial.
En fin, que para veintitrés euros la cosa no estuvo mal, pero que cualquier tiempo pasado (en esto, como en todo) fue mejor.

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