Foto:artegami
Otra mujer
23 de Abril- Querida sobrina: hoy es el día de un artilugio que, no sólo resulta abiertamente dañino para el medio ambiente (para fabricarlo hay que reducir a pulpa el arbolado, y la pasta resultante se blanquea con un cloro que contamina mil) sino que, además, es rudimentario, trabajoso de utilizar, perjudicial para la vista si se usa inapropiadamente;e incluso, paradojicamente, si tiene calidad, te quita el sueño.
Y sin embargo, ¿Qué sería la vida sin libros?
Para los que, antiguos de nosotros, los hemos conocido bien y aprendido a quererlos, los libros han sido (y son) huellas siempre frescas en el suelo de nuestros afectos.
Cuando me vine a vivir a Austria fueron lo primero que eché de menos. Y quizá lo que más, junto con el pan de Montes –panificadora del pueblo de tus abuelos-.
Sólo traje cinco o seis volúmenes en mi maleta, que entretuvieron mis primeros meses aquí. Fueron un frágil refugio contra las inclemencias de un idioma que me maltrataba y que se dejaba querer demasiado poco. Yo creo que, por eso, durante aquellos meses me dediqué a escribir con un gusto que no me había acompañado antes.
No te diré, sobrina, que tienes que leer. Porque el amor por la página impresa es una ventana que se abre en los primeros años de la vida o se cierra para siempre. De nada sirven los consejos machacones. Yo recuerdo perfectamente que tu abuela me enseñó a leer en una cartilla y que aquello fue un amor a primera vista. Desde el principio, el hambre de juntar letras me poseyó hasta extremos poco naturales en un niño. Para bien y para mal.
Si pasa esa ventana de oportunidad, no te conviertes en lectora, y te dedicas a hacer cosas más relacionadas con una infancia normal, sufrirás durante toda tu vida campañas del ministerio de cultura (o como se llame en cada momento) recomendándote que metas las narices en volúmenes que no te interesarán lo más mínimo.
Te sonarán a esas campañas de fomento de la alimentación saludable en las que salen retratadas las verduras crujientes y suculentas.
Los vegetarianos convencidos las miran ensalivando como el perro de Paulov, mientras los carnívoros se encogen escépticos de hombros, recordando las delicias de un filete jugoso. La lectura será para ti esa cosa saludable pero aburrida. Exactamente como un plato de acelgas hervidas.
(Y, además, te perderás estas cartas tan chachis que, aunque no se note por lo grácil de mi estilo, me cuesta un güevo escribirte, amor)
Pero, ay querida mía, si consigues que leer te guste; si tu frente lleva la marca de Caín de los que le roban horas al sueño para saber la continuación de una historia. Si la comida deja de importarte y te ves en la situación de pedirle a Dios que se encarne en este mundo tu personaje favorito para poder charlar con él (en mi caso, el personaje deseado ha ido variando con las épocas). Si consigues que tu imaginación se despegue de la grisácea realidad y salga disparada hacia posibilidades de la existencia que nunca se te hubieran planteado. Si por tus venas corre el talento de mantener un diálogo fluido con las inteligencias más potentes de los siglos pasados. Si eres capaz de aprovecharte del inmenso caudal de experiencia humana que está en los libros (no hay ninguno tan malo del que no se pueda sacar provecho). Entonces, sobrina, serás otra mujer.
Besos (literarios hoy) de tu tío.

2 comentarios:

m. dijo...

Si llegas a leer esto, te digo que HAGAS CASO A TU TÍO. Qué amor por la lectura se desprende en este post. Sólo otro enamorado de los libros (Gwí, se muá) puede entenderlo. Olé.
m.

Mújol dijo...

Tu tío, querida niña, es como Rubén Darío. El que dijo eso de "guarda, niña, un gentil pensamiento, para el que un día, te quiso contar un cuento."

¿Por qué no intentas enviarle un poco de pan de Montes? Aunque se ponga duro.