Si hay que ir, se va
16 de Abril.- Querida sobrina: la otra noche, sábado, estaba en una fiesta. Una persona supersimpática, de una cierta edad, empezó a hacer comentarios a propósito de la educación que, actualmente, se da a los jóvenes. Tema que es recurrente, por cierto, cuando se dobla el cabo de los treinta y cinco. En fin, lo de siempre: que si qué devergüenza, que si qué culto al éxito y al dinero, etcétera. Los mismos reproches ya se oían en mi época y, supongo, también cuando la primera generación de cazadores/recolectores se pasó a la agricultura, al principio del neolítico. Esta mujer abogaba por una acción integral “desde el kindergarten”; había que educar en valores, decía ella, cargada de razón.
A mí, este tipo de discursos, sobrina, aún cuando los vea bienintencionados y aún cuando, en la mayoría de los casos, esté de acuerdo con ellos, me cortan el rollo bastante, la verdad. Porque, si bien pienso que el modelo que proyectamos (o sea, cómo la sociedad se piensa a sí misma y los objetivos que quiere conseguir) está equivocado en muchas cosas, también me doy cuenta de que los esfuerzos por cambiar ese modelo, hasta ahora, han tropezado con la tozudez de la realidad de la condición humana. No damos para más. Dudo mucho que la historia sea lo más parecido al avance feliz de una flecha cortando el aire en una bonita parábola.
Por eso, a los diez minutos de escuchar a esta mujer predicar un mundo feliz en el que todos fueramos hermanos (viva la gente, la hay donde quiera que vas), la corté lo más suavemente que pude, diciéndole que el temita me parecía muy bien, pero también que ir pa ná es tontería, las cosas como son.
Principalmente por algo que he observado cuando te escribo estas cartas: muchas veces, cuando le doy vueltas a determinada cuestión, no consigo ponerme de acuerdo ni conmigo mismo. Conque para poner de acuerdo a todo el mundo en lo que se considera bueno, o hermoso, o deseable. Llevamos miles de años como especie intentándolo, y aún seguimos a leches (y lo que te rondaré). Porque sobrina, para educar en valores, hay un paso previo: decidir qué valores son los buenos, los fetén, los guays del Paraguay. Los indiscutibles, vaya: como el metro de platino iridiado que se guarda en París.
No, no me entiendas mal: no soy un nihilista. Pienso(y parece ser que hay cierto consenso al respecto) que hay un conjunto de cosas que sí que son, teóricamente, no sólo respetables, sino también defendibles. Un conjunto de conductas “prosociales” podríamos decir, que están fuera de toda duda. No matar al prójimo, por ejemplo, o intentar tratar a la gente como quisieras que te trataran a ti. El problema se presenta cuando se manifiesta la habilidad del hombre para encontrar la trampa que toda ley esconde.
El ejemplo literario más famoso es cuando los cerdos de la granja rebelde escriben en la pared del granero eso de que “todos los animales son iguales (pero unos más iguales que otros)”, transformando un valor alrededor del cual hay consenso universal en un símbolo de los privilegios más viles.
Soy consciente de que este pesimismo mío, si es que se entiende, plantea en sí mismo otras contradicciones : por ejemplo: que el cambio, a la larga, no vaya a servir para nada, ¿Implica también que no haya que rebelarse ante una situación injusta? ¿Debemos dejar el mundo como está porque las conductas que van en contra de sus semejantes son algo innato en el hombre? ¿Debemos tolerar la injusticia porque intentar eliminarla es como intentar vaciar el mar con una cucharilla de café? Y de ahí: ¿Debemos tolerar las arbitrariedades, caprichos, tonterías de nuestros políticos favoritos sólo porque los consideramos un mal menor? ¿Debemos hacer la vista gorda y actuar como si no existiesen, con la esperanza de que nuestros competidores no se den cuenta de que existen?
Otra cosa que me fastidia mucho de estas tentativas de arreglar el mundo es que, por debajo de las frases hermosas, subyace una suposición que no comparto: esto es: que todo el mundo es bueno. Y no, sobrina. Desgraciadamente, la observación de mi propia conducta diaria me confirma que la gente no es buena, aunque tampoco sea mala del todo.
Al escucharme hablar tan seriamente de aquello, la mujer se me quedó un poco cortada, y yo me sentí igual que si le hubiera robado un caramelo a un niño.
Pero todo sería terrible si fueramos inocentes para siempre, ¿No? Aunque quizá fuera lo más deseable.
Besos de tu tío, que hoy se siente contradictorio.

6 comentarios:

m. dijo...

Pues para mí tenía un tema de conversación interesante esa señora y me hubiera gustado poder debatir con ella. Yo tengo mi opinión formada de la juventud de hoy. Y ya. No digo nada más, que es mejor callar y parecer idiota que hablar y despejar las dudas. Total...

El pobre... dijo...

pero...ir para nada.

Marona dijo...

El tema de la educación y los valores lo debatíamos casi a diario en la "Facu" de Ciencias de la Educación. Los expertos siempre llegaban a la conclusión que los valores tienen que estar basados en una especie de mínimo para todos, y ellos decían que ese mínimo eran los Derechos Humanos. Aunque yo me pregunto ¿quién redactó esos Derechos Humanos? ¿Cuándo? Y claro, entonces ya no queda tan "para todos"...
En fin, yo llegué a la conclusión que lo único que puede hacer alguien que educa, para ser honesto, es declarar sus valores y sus principios de antemano. No se puede ir más allá. Si estás de acuerdo lo tomas y si no lo dejas. Pero encontrar un "mínimo común para todos" es imposible.
Jo, vaya rollazo que he soltado.
Perdona, pero este tema me emociona, será deformación profesional... jejeje...
¡Un beso!

con Ka dijo...

Pues a mí, perdona por salirme del tema, lo que me ha encantado es la foto que acompaña este artículo.
Sobre todo los ojillos del caracol.
Otro día opino.

Anónimo dijo...

Ahh juventud, divino tesoro. Y en nada nos convertimos en una Telma cualquiera.
Que dañino es el paso del tiempo y la vida en este mundo ingrato, que no valora nuestras cualidades en todo lo que deben ser ponderadas.
Un asco.

Paco Bernal dijo...

Hola otra vez:
a m. hombre, yo creo que por la edad que tienes, no es tiempo aún para que dejes de considerarte joven. En cuanto a la juventú de hoy en día...A todos los mayores de treinta nos parece que ya las cosas no son como antes, y todos nos quejamos mucho porque, en el fondo, te lo digo yo, nos morimos de envidia. Arturo Fernández, un ser muy poco sospechoso de decir cosas sabias, dijo el otro día que "la juventud y la salud son fortunas prestadas". Y ya se sabe, todas las fortunas se envidian.
a el pobre: es tontería, sin ninguna duda.
a marona: sería genial que todos jugásemos conociendo los supuestos por los que los otros funcionan (ese es uno de los quids de la comunicación). La honradez es importante, pero también nos coloca en una posición vulnerable. Al final, yo creo que todo se reduce a que cada uno limpiemos nuestro trocito de la cera.
a Karmele: gracias, gracias, gracias: la foto está hecha el otro día en el Prater, mientras cogía Bärlauch. Hice también una foto, por cierto, de un bicho que creo que era una garrapata. Pero no la he publicao por no aumentar la histeria, que tampoco es plan jajajaja.
a la persona anónima: tampoco es para tanto; sí que hay gente que valora nuestras cualidades. Lo que pasa es que todos tendemos también a valorarnos mucho. Es el viejo problema del valor y el coste.En fin...que hay que ver la vida con un poquito de espíritu positivo. Mejor: con un poquito de espiritito positivito. Tampoco mucho, ¿Eh?
Saludetes,