Valencia

19 de Mayo.- Son las siete de la mañana.
Sobre Valencia, empiezan a levantarse las primeras luces de la aurora. Al fondo de la imagen, tras los edificios pensados para un siglo mejor, se ven unas franjas rosas de nubes que juegan a perseguir el mar.
Hoy saldré para Madrid y dejaré este lugar en el que, durante tres días, he sido feliz. A veces, de manera bastante sorprendente. Por ejemplo, debido al reencuentro inesperadísimo con M., al que no veía desde hacía casi diez años y al que me encontré (mejor dicho, él me encontró) mientras me tomaba la primera horchata en esta ciudad. Una persona de memoria precisa y conversación tan hecha y fructífera como un jardín lógico, con quien anoche estuve comiendo apetitosos y humildes manjares que no había probado desde mi infancia. Sangre encebollada, caracoles en salsa picante…
(…)
¿Qué me llevo? De Valencia me llevo las palabras, pero sobre todo las caras. El inmenso paisaje humano que ha desfilado por delante de mis ojos. Caras inteligentes, caras agudas, caras estúpidas, caras hermosas, caras bestiales, caras ávidas, caras curiosas; las caras de los hombres del campo que ayer, en el casino de C., un pueblo del interior, jugaban al dominó golpeando las fichas contra los veladores de mármol. Unas caras gastadas como piedras lamidas por la intemperie. Algunas de una gran inocencia, a pesar de las décadas de bregar con el sol. Otras, animadas con esa inquina que a veces distingue a los agricultores (que son hombres dotados de una singular perspectiva sobre el hecho de la vida, que les hace ver que, a veces, la destrucción de esta o aquella forma del fluido primordial es indispensable para que puedan sobrevivir los seres vivos que interesan a sus fines). En este sentido, el agricultor es el único Dios de su universo.
(…)
Valencia es una tierra exuberante, una tierra joven en la que se tiene la sensación de que las cosas están un poco a medio hacer, sin terminar, en una perpetua y sensual adolescencia. Un lugar en el que sube de la tierra un vigor que, al mismo tiempo que produce vida sin descanso, también hace que esa vida esté torturada por su propia fuerza.
Las lluvias son salvajes y refrescantes. Puede verse como las nubes húmedas se forman en barras verticales sobre las sierras, en cuestión de pocos minutos, preparando el camino del trueno. Las tormentas se suceden sobre las montañas bajas, que forman la frontera con el mar, y tomar el interior como trombas que modelan un paisaje de colores empastados, como los de los cuadros de Cezanne.
Pinos. El verde metálico de las hojas de los naranjos, la dulzura un poco áspera de los nísperos, que caen, maduros, de los árboles, y revientan en el suelo impregnándolo de dulzor.
(…)
Hoy, saldrá el tren hacia Madrid. Recorreré La Mancha, sembrada de molinos de viento que juegan a rentabilizar el aire caliente. Abandonaré la lluvia, el fuego, y el verdor. Pero Valencia quedará en mí como el sabor dulce y oriental del Barrechat.

4 comentarios:

Anónimo pobre dijo...

De Valencia ni el arroz.

Leandro H. dijo...

Amigo Paco, me has traído (mejor regalado) los buenos recuerdos de esa mañana y media tarde que pasamos tu encantadora madre, tú y yo recorriendo la ciudad de Valencia, ¿hace ya...? Mejor no calcular.
Un abrazo desde Madrid.

Anónimo dijo...

Querido Paco, gracias por esta mención a mi ciudad natal. Me alegra mucho que te lleves ese buen sabor de boca de Valencia;porque para los que no quieren nada de ella es que no la conocen. Es cierto que a veces te invade la sensación de que algo falta por hacer, de que se progresa pero con unos vacíos en el proceso. Pero es así...somos grandes a pesar de todo y a quien le pese...además el arroz se está poniendo por las nubes.

Un Abrazo...vuelve cuando quieras, ¿por qué no en Fallas?.

Loles

Paco Bernal dijo...

Hola a todos!
Como dijo aquel, ja soc aqui. O sea, que ya he vuelto. Muchas gracias por los comentarios, como siempre.
Al anónimo pobre, le digo que yo me comí una paella en la Malvarrosa que me supo a gloria. Por la paella en sí, y por la compañía (oriunda de la tierra). Pobre, no me seas tan extremista y open your mind hombre :-)
A Leandro: es verdad, campeón. Mientras paseaba yo por la plaza del ayuntamiento y por el mercado de la lonja, no dejaba de acordarme de aquel paseo que dimos. Todo sigue igual de bonito, y la horchata sigue estando igual de buena. La del mercado de Colón está muy rica (es biológica, me explicaron) pero hay una horchatería cerca de la catedral que hace una que está de muerte, y una leche merengada que tumba los espíritus más reticentes. Un abrazo.
Para Loles: Valencia me pareció un sitio fenomenal y una ciudad a la que no le falta de nada. Te diré además que yo, que me he dado tantas piñas por Viena -por impericia mía, es cierto- encontré el carril bici de Valencia la mar de guay. O sea, que sobreviví a la experiencia de ir en bici desde el barrio de El Carmen hasta la playa. Ya te digo que me gustó mucho. Muchos saludos.