Un episodio oscuro


21 de Febrero.- Tras la caida del imperio Austro-húngaro, después de la primera guerra mundial, Austria entró en un periodo histórico turbulento que se caracterizó por una polarización ideológica extrema y por la búsqueda constante (e infructuosa) de una nueva identidad nacional que sustituyese a la perdida.


La frágil república austriaca que sucedió a la monarquía de los Habsburgo nació viciada por un déficit básico (como dice mi amigo L., “era una democracia sin demócratas”) que terminó conduciendo al país a una espiral de violencia que culminaría en la guerra civil de mediados de los treinta. Una contienda que tantos paralelismos tiene con el enfrentamiento fratricida que, muy poco tiempo después, conduciría a España a un baño de sangre de proporciones dantescas.

Es bien sabido que la guerra civil española se convirtió, casi desde el principio, en un ensayo general de la segunda mundial. Sobre suelo español lucharon los dos autoritarismos que, en aquel momento tenebroso de la historia de la Humanidad, parecían destinados a prevalecer. Los gobiernos fascistas de Italia y Alemania apoyaron al bando de los militares sublevados, en tanto que la no menos sanguinaria dictadura soviética apoyó a la República.

El primer año de la guerra es auténticamente desastroso para la el bando republicano. Con un mando militar en el que el Gobierno legalmente constituido era solo uno de los factores que decidían el curso de las operaciones, y una complejísima vida política formada por un mosaico de facciones que se devoraban entre sí, la aparente ventaja republicana de la casilla de salida (18 de Julio de 1936) se fue disipando al mismo ritmo que aumentaban los éxitos militares fascistas.

A la altura del segundo año de la Guerra Civil, la situación republicana se hace insostenible y Stalin, desde Moscú, decide dar un golpe de mano y convertir al Partido Comunista en la fuerza directora de la acción militar de un Gobierno español que se parece ya poco a la cándida democracia de 1931 y que deriva, cada vez más, hacia el autoritarismo. El zar rojo pone a su servicio secreto, el NKVD a trabajar para acabar con la disidencia. Un trabajo que no deja de tener consecuencias: en 1937 sucede lo previsible: estalla en Barcelona una especie de guerra civil dentro de la guerra civil, entre militantes comunistas y militantes del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). El dirigente POUMista Andreu Nin es detenido pero desaparece misteriosamente poco después. El resto de los dirigentes del POUM son detenidos o pasan a la clandestinidad, las milicias del partido en el frente son disueltas y el POUM se convierte en una organización fantasma que, renqueando, terminará desapareciendo definitivamente después de la transición.

1400 austriacos (de los cuales 200 tuvieron la tierra española como mortaja) se alistaron también para luchar en el bando republicano. Procedían de las filas de los partidos comunista y socialdemócrata, y acudieron a la península, como muchos otros voluntarios de todo el continente europeo, dispuestos a luchar por la libertad y la democracia (de lo que no tenían la más lejana idea era de que corrían el peligro de estar luchando a favor de los intereses de Stalin).

Dejando aparte a estos ingénuos combatientes, varios austriacos participaron en las luchas de poder que se dieron entre las diferentes facciones del Gobierno republicano, así como entre los disidentes de la columna central del comunismo. El sábado pasado, mi primo N., que se encuentra investigando estos episodios por un motivo profesional, me pasó una nota que decía lo siguiente:

“Ilse Kulcsar, nacida en Viena, llegó a Madrid a finales de Octubre de 1936, con la ayuda del embajador republicano en París, Luis Araquistáin. Allí trabajó para la Agencia de Censura, donde conoció a su segundo marido, el escritor y periodista español Arturo Barea. Junto a él, dejó Madrid en Febrero del 38 y vivió como escritora, traductora y empleada del servicio de “monitoring” de la BBC en Gran Bretaña (1) (...) Unos años después de la muerte de Barea (2) regresó a Viena.

Su primer marido fue Leopold Kulcsar, que trabajó como enlace y jefe de prensa para la embajada española en Praga, en donde conoció a Francisco Ayala. Fue además un experto en arrancar confesiones falsas a los voceros anticomunistas en España (un chekista). Así lo afirma la también austriaca (y militante anticomunista) Katia Landau.

Leopold e Ilse fueron expulsados del KPÖ (3) en 1927 por ser sospechosos de ser soplones de la policía. Leopold fue acusado de robar dinero del partido socialdemócrata. Landau describe a Ilse como ambiciosa.

Leopold fue enviado a España para acabar con los trotskistas. Su odio hacia Kurt Landau (4) (marido de Katia Landau, propagandista y miembro del POUM “desaparecido” en extañas circunstancias) parece remontarse a las luchas intestinas del KPÖ en 1923”.

La nota termina aquí. Yo no sé a mis lectores, pero a mí me encantaría saber más. Primo, a ver cuando te animas.

(1)   El servicio de “monitoring” de la BBC se encarga, como su propio nombre indica, de “monitorizar” la opinión pública internacional a través de una selección razonada de artículos y noticias aparecidos en los medios de comunicación de masas.
(2)   Barea murió en 1957
(3)   Partido Comunista Austriaco

Ilustración: Presos republicanos en Mauthausen (Archivo Viena Directo)

1 comentario:

G.P. dijo...

Estimado Paco: Dígale a su primo que debe investigar bastante ya que casi todo lo que escribe sobre Ilse y Leopold Kulcsar está mal y viviado por fuentes poco fiables... Puede leer la versión correcta en la novela "Teñefónica" de Ilsa Barea-Kulcsar, en español o en alemán. Un cordial saludo, G.P.