Inmigración y amigos


6 de Abril.- Querida Ainara: hay tantas formas de vivir la emigración como emigrantes somos. Afrontar la vida en un país que no es el tuyo, sobre todo dadas las especiales características de la cultura española, somete a todo lo que tú eres a una prueba de estrés que hace que, por el camino, pierdas muchas cosas (aunque, si hay suerte, siempre ganas muchas más).


Al principio, lo que más duele (o lo que a mí más me dolio), es la extrema soledad en la que uno se encuentra (o cree encontrarse, lo cual, al final, es lo mismo). Una soledad que se agrava por el hecho de desconocer los códigos, aprendidos en la infancia, que hacen suave la vida en el territorio en el que uno ha nacido.

En este marco, se siente una gran ausencia de calor humano. A uno le faltan amigos con los que desahogarse. Si uno no domina el idioma, además, a la soledad se le añade la imposibilidad de comunicarse. Quizá sea por eso que, cuando pasa el tiempo, uno atesora el recuerdo de todas aquellas personas (aborígenes o no) que, durante esos tiempos duros, fueron magnánimas con uno y utilizaron media hora de su tiempo libre para tomarse un café con el extranjero que, en inglés y, a veces hasta por señas, les explicaba unas cuitas que, desde su posición segura de habitantes asentados en una realidad conocida, a ellos les importaban un pimiento.

El inmigrante, sobre todo si es reciente, es el niño nuevo que, en su primer día de escuela, no encuentra con quien jugar en el patio del recreo.

He comentado frecuentemente con otros inmigrantes una realidad que creo que le sucede a todo el mundo cuando aterriza en un país que no es el suyo: al principio, como el niño solitario en el patio del recreo, uno no tiene más remedio que juntarse con quien puede; todo el mundo, por otra parte, le parece admirable, por la sencilla razón de que no les entiende. Con el idioma materno, Ainara, desaparecen todas las señales que nos permiten catalogar a las personas, decidir si nos caen bien o mal, o si son un latazo o una gente interesantísima con quien no nos cansaríamos de conversar frente a unas cervezas, o unas bellísimas personas, o una de esas personas de las que es mejor mantenerse alejado porque, a la mínima, te clavan una faca entre los homóplatos. Uno tiene que funcionar a ciegas. Se agudiza el instinto y, es inevitable, también se producen las decepciones.

Por eso también creo que, entre los inmigrantes, se dan también con mucha frecuencia amistades que resultan muy intensas al principio (en la realidad diaria del animal acosado por el entorno hostil) pero que luego se van diluyendo, porque, cuando la situación se normaliza, los emigrantes se dan cuenta de que, en condiciones normales, nunca hubieran hecho amistad con la persona en cuestión (lo cual es maravilloso también, porque, por este camino de tratar a gente a la que en condiciones normales no hubiera dedicado una mirada, también se conoce a gente maravillosa y el horizonte de uno se ensancha).

Por cierto, y cambiando de tema: es curioso ver cómo, conforme pasan los meses, se va forjando la personalidad de la persona que serás. Ayer estuve hablando contigo por teléfono y me estuviste cantando las canciones que has aprendido en el colegio. Para ti son, ahora, “las canciones” y cuando yo intentaba cantarte otras, me decías: “Eso no es así” y volvías a cantarme las que te sabes para volver a tu tozudo tío al camino de la verdad.

Besos de este (cabezota) que te quiere tanto.

(foto: Archivo Viena Directo)