Un fotógrafo en Viena

 
24 de Abril.- Siempre (o casi) llevo la cámara conmigo. Se ha hecho un hábito desde que, poco antes de cumplir los treinta, me regalaron mi primera digital. Esta costumbre se ha convertido (no se me escapa) en una especie de adicción supersticiosa.


Me consta por otros fotógrafos aficionados que, a partir de cierto momento, el ojo está viendo fotografías constantemente. De manera inconsciente encuadras, recortas, subexpones, sobreexpones, piensas en las posibilidades que tal o cual motivo tendría, y no dejas de pensar que, si subes el ISO lo suficiente tendrías luz bastante como para hacer tal o cual toma. 

En resumen, la cámara se convierte en una parte de ti y, si no la llevas, te sientes desnudo de alguna forma. Como cuando se te olvidan en casa las llaves o el móvil. No eres capaz de librarte de la sensación de que quizá esa foto perfecta surgirá de repente y tú no tendrás un instrumento con el que captarla. Sólo de pensarlo te da un vacío inexplicable en el estómago.

Por otro lado, un fotógrafo actual está en condiciones de producir, en una tarde, más imagenes que las que Durero parió en toda su vida de creador. Da igual que trabaje con medios digitales o químicos. Es más: la práctica gratuidad de tomar una fotografía más hace que, muchas veces, con el dedo en el disparador, me pregunte por qué voy a hacer tal o cual foto. Yo disparo y, casi sobre el ruido del clic del diafragma al abrirse, respondo: por amor.

Para mí, hacer fotos (sobre todo desde que vivo en una ciudad tan bonita como Viena) se ha convertido en un acto de amor por la realidad y, como tal, también de posesión, de intento de fijar la belleza que uno ve saltar, como un conejillo entre las matas, a cada paso. Probablemente, hacer fotos es lo más cerca que un hombre puede estar de la visión del mundo a los ojos de Dios, ese admirable componedor de imágenes que dispone del río infinito de instantáneas que ninguna cámara podrá captar jamás.

Y luego están las fotos que no hago porque me da vergüenza pedirlas. Sobre todo, curiosamente, a gente cuya belleza o inteligencia me impresionan sobremanera. Hay veces en que sorprendo la luz acariciando tal o cual rostro y me gustaría decir „!No te muevas!“, sacar la cámara y gozar deteniendo el tiempo; pero hacerlo me parece una invasión intolerable, infantil o estúpida y, entonces, dejo que la luz se deshaga como se deshace un terrón de azúcar en un vaso de agua. Prefiero quedarme con el recuerdo, que aterriza en mi album mental. 

Una colección evocable a voluntad y que no tiene conexión USB. Ni falta que hace.



Fotos (Archivo Viena Directo)