Spanish revolution vs. Austrian involution



20 de Mayo.- En uno de los primeros episodios de Mad Men, Don Draper, interpretado por John Hamm, tiene un lío con una chica a la que intuímos hippy (bueno: no sabemos si es hippy o es que tiene mucha facilidad para colocarse en posición horizontal). En cualquier caso, es una pareja desigual. Estamos a finales de los años cincuenta y Don Draper es un hombre que fuma como una chimenea, que bebe whisky como si la cirrosis no existiera, que le pone los cuernos a su santa de forma constante sin perder una respetabilísima fachada social y que no se quita el traje (casi) ni para acostarse con la chica.


En un momento dado, al apartamento en donde se desarrolla la acción, llegan unos amigos de la chica. Observamos cómo los hippies miran a Don Draper con recelo, con desconfianza, con un desprecio que, el ejecutivo de Madison Avenue, les devuelve. Los hippies ven en Don Draper el representante máximo de un mundo caduco que, a su juicio, está declinando. Intuímos que el mismo Don Draper se siente atraido por lo que representan los hippies, por su libertad, por su falta de necesidad de adaptarse a los hábitos de una sociedad burguesa; sin embargo, el personaje de John Hamm reacciona retirándose a sus seguras posiciones de miembro prominente y respetado de la sociedad; mira a los hippies desde las alturas de los miles de dólares que cobra mensualmente y, tras hacerlo, se pone el sombrero flexible, les comunica su excepticismo con todo el tacto de que es capaz (poco) y, luego, coge la puerta y se marcha.

Cuando Don Draper les dice que lo suyo no puede triunfar, los hippies se lanzan a una labor proselitista cuya ingenuidad provoca la sonrisa en el espectador de la primera década del siglo XXI. Porque ya todos sabemos en qué acabó Mayo del 68, y varias generaciones de escritores y cineastas nos han dado la chapa a propósito de los ideales traicionados, del flower power vendido al capital y sobre los efectos nocivos del LSD sobre la psique humana. En otras palabras: Don Draper nos parece un dinosaurio, pero los hippies que tiene enfrente nos parecen también un rebaño de diplodocus presa de un atracón de margaritas.

Los periódicos austriacos casi no se ocupan de lo que ha venido en llamarse, fuera de España, la Spanish revolution. Bastante tienen con la “Austrian Involution”. Digamos que, si tuviéramos que trasponer a la realidad la escena de Mad Men, la España actual acampada en Sol serían los hippies que le echaban en cara a Don Draper su falta de compromiso; y Don Draper sería el país en el que vivo, siempre al borde de la esquizofrenia de ser una sociedad que nada (y nada mucho) en la abundancia pero que, al mismo tiempo, se inclina cada vez más hacia un partido que tiene un ADN innegablemente totalitario y ultraconservador.

Ayer, se publicó una encuesta que ha caido como una bomba entre la opinión pública austriaca: por primera vez desde tiempos de luctuoso recuerdo, el FPÖ, capitaneado por Heinz Christian Strache se ha colocado el primero en intención de voto. Con un 29%. Lo cual, si yo conozco bien el paño (y creo que ya lo voy conociendo) significa que, de haber elecciones, el FPÖ conseguiría hoy un 35 por ciento de los sufragios sin ningún problema.

Lo cual no sería una buena noticia. Ni para Don Draper, ni para sus amigos hippies.

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