Cosecha roja


And in the master’s chambers, 
They gathered for the feast 
They stab it with their steely knives, 
But they just can’t kill the beast
EAGLES, Hotel California
 8 de Junio.- Querida Ainara: hace poco más de tres semanas, antes de mi viaje a España, te hablaba de las manifestaciones que, bajo el lema Democracia Real Ya, habían empezado a producirse en las principales ciudades de España. Más que nada para que no te quedes a medias, voy a intentar hacerte un resumen de lo que ha pasado desde entonces.

En primer lugar, creo que el fenómeno –me resisto a llamarlo Movimiento- ha tenido dos etapas bien definidas. La primera  abarcaría desde el momento en que yo te empecé a hablar de él hasta las elecciones del domingo 22 de Mayo. Durante esos días se produjo, con la inestimable ayuda de los medios de comunicación, una curva ascendente en la atención de la opinión pública y un auténtico interés transversal de toda la sociedad a propósito de lo que los manifestantes tenían que decir. La catastrófica situación de la economía española y el descontento general de la ciudadanía con las condiciones en que se desarrolla la vida pública, impulsó toda la cuestión como un corcho de champán que sale disparado de un botellón agitado por un campeón de Fórmula 1.
(Los políticos) No nos representan, era el lema, que se extendió como una canción pegadiza. Muchos, llevados por una prisa súbita que se ha revelado posteriormente injustificada, se apresuraron a reservar butaca de primera fila para no perderse el nacimiento de una nueva aurora roja.
Más o menos a esta altura, los medios de comunicación, deseosos de encontrar una manera corta y práctica de llamar a los que se habían asentado en las plazas, acuñaron el término indignados. Los indigados. Las personas que esperaban codo con codo el veredicto de las urnas encontraron el nombre músico y signficativo, que hubiera dicho Cervantes y, mecidos por la brisa de la primavera, sonreían.
Para entretenerse mientras esperaban a que el sistema cayese (¿Qué otra cosa podía pasar, si estaban todos juntos y se lo estaban pasando tan de puta madre?) empezaron a elaborar planes para saber qué hacer cuando la revolución, como parecía inevitable, tomase las calles. En los campamentos de España se empezaron a celebrar asambleas y a votar cosas a mano alzada, como cuando Atenas tenía 800 habitantes de los cuales 300 eran cabras. En la de Madrid, el espacio de la Puerta del Sol que pilla más cerca de la Calle Alcalá incluso se bautizó como Ágora.
Llegaron las elecciones. Gentes esperanzadas pasaron la noche del sábado al domingo 22 de Mayo en vela, creyendo estar asistiendo a un momento que cambiaría la historia del país.
Llegaron los resultados, sin embargo y, con ellos, la parte más triste de nuestro cuento.
A partir de conocerse los porcentajes de representación definitvos el llamado Movimiento no ha hecho sino decaer. En su denodado esfuerzo por no dejarse contaminar por el sistema que consideran, no sin cierta razón, corrupto y perverso, su núcleo director ha conseguido matar cualquier tipo de eco hacia el exterior de sus propuestas (muchas de ellas muy sensatas). Esto, combinado con una total incapacidad para resolver los problemas prácticos que plantea el día a día de una estructura como la que, involuntariamente, los indignados habían creado, ha hecho que el entusiasmo inicial de toda la gente que, de otra manera, no participa en política, se haya ido diluyendo.
Las votaciones a mano alzada (personales o por Twitter interpuesto) que, al principio y por contraste, parecían tan simpáticas, tan nobles, han terminado convirtiendo las decisiones más nímias en un caos kafkiano del que los mismos Indignados están hasta la mismísima coronilla (Ainara: la democracia mola, pero el sentido común también: decidir hasta la compra de una escoba por mayoría absoluta condena a la parálisis al movimiento más bragado).
En fin: soy poco amigo de las moralejas, pero la de esta historia creo que está clara ¿No crees?
Besos de tu tío