Pu y lo que sigue


7 de Junio.- La televisión privada austriaca es, industrialmente, muy canija.
No es de extrañar: tiene que luchar contralas todopoderosas multinacionales centroeuropeas (RTL y por ahí), contralas potentes televisiones alemanas y, sobre todo, contra la televisión pública(ORF). Algo gris, algo aburrida, un poquitín pasada de moda, pero, al fin y al cabo, la que la gente ve. Aunque sea por costumbre.

En su lucha por hacerse con un nicho en el pequeño mercado local, las privadas austriacas (ATV y Puls 4) han optado por hacer lo que la televisión pública, por un sanísimo imperativo legal, no puede: o sea, mierda.
Llama la atención y tranquiliza, sin embargo que, al contrario que en España, que el televisor vomite porquería es algo que aún sorprende desagradablemente al telespectador medio.
Antes de seguir, quisiera decir también que cuando hablo de “porquería” me refiero a unos contenidos que, en España, estarían destinados a ser programados despues de Los Lunnis –famoso programa infantil, para mis lectores que vivan fuera de Celtiberia-.
El concepto austriaco de la porquería es que alguien, por ejemplo, exprese opiniones racistas o machistas sin que haya un comentario en off de un locutor excusando al insensato y contextualizando sus manifestaciones dentro de un consumo abusivo de drogas o de la pertenencia a una tribu urbana cualquiera.
Como verán mis lectores aún estamos a eones luz de la mierda española.
Una cosa tienen en común la porquería que se hace aquí y la que se fabrica en el sur y es que las dos acuden a los tipos más extremos de las capas más desfavorecidas de la sociedad y los presentan como “el pueblo”.
En esta dirección, la ATV ha inventado varios formatos en los que “el pueblo” es el protagonista. No hablaré hoy del que seguía a un grupo de jóvenes a través de sus noches sabatinas de roña poligonera y músicas progresivas, sino de uno que se llama “Vivimos en una Gemeindebau” (Wir Leben Im Gemeindebau).
(Las Gemeindebau son las viviendas de protección oficial austriacas; cuando uno puede demostrar que no tiene los recursos suficientes para alquilar una casa en el mercado libre, va a la oficina correspondiente que le asigna un piso en un bloque de protección oficial por un alquiler sensiblemente más barato que el de mercado).
En este programa, la cámara, muy al estilo de los docu-soaps americanos, sigue a un grupo de personas cuya característica común es vivir en una de estas viviendas sujetas a alquiler protegido. Naturalmente, los tipos no están elegidos con la pretensión de ofrecer un panorama ajustado a la realidad de las personas que viven en las casas baratas, sino con el ánimo de darle al espectador de clase media, sentado en el sillón de su sala de estar,emociones fuertes que comentar al día siguiente en la oficina.
(Hay que tener en cuenta que, como el espectador austriaco medio no está tan encallecido como el espectador español medio, el mostrar a una persona drogada, borracha o, simplemente, entregada a la enunciación continuada de palabras malsonantes, ya es suficiente para ponerle al televidente la adrenalina a cien).
Lo que llama la atención, sobre todo es que la telerrealidad no tiene nada que ver con la realidad. La primera es, ante todo, una construcción. Está claro que, como en otros engendros pensados para personas de alfabetización deficiente (Hombres, Mujeres y Viceversa o El Diario –que antes fue de Patricia-) en Wir Leben Im Gemeindebau la “realidad” de las personas que salen está escenificada con el fin concreto de hacerla más atractiva (cuanto más bestia, se entiende). La gente está instruida para comportarse como “su personaje” al objeto de crear pequeñas narraciones encadenadas a lo largo de cincuenta minutos al objeto de que, el espectador, convencido de estar viendo algo completamente inocuo, pueda darle un codazo a su santa y decirle:
-Mira, Inge,  cómo son estos pobres. Ha dicho pu y lo que sigue.
 Aquí, algunos capítulos de Wir Leben Im Gemeindebau