Una tarde con Carmen Sotillo

Archivo VD
10 de Julio.- Hay pocos placeres así en la vida. La hora de la siesta. La casa, el universo casi, en silencio. Los gatos dormidos, la fresca penumbra del dormitorio en el que no da el sol. Las lentas horas de una tarde de julio corriendo en el reloj. Este que escribe, en calzoncillos, boca abajo, tirado sobre una alfombra turca que pica un poco en las rodillas y en los codos, leyendo, leyendo, dejando que el tiempo se escurra entre los dedos como si no hubiera mañana. Ni invierno.


El pensamiento se escurre también, mientras la voz que nos habla en la cabeza, siguiendo el el texto, va desgranando las palabras del autor.

Decía Italo Calvino (poco más o menos) que lo que diferencia a un clásico de un libro normal es que una relectura es siempre una lectura nueva. Porque los clásicos, que es tanto como decir las obras maestras, tienen una cualidad mágica y es que conectan con la experiencia más íntima de cada uno. Y esa experiencia, como todo el mundo sabe, es móvil y cambiante. Las obras maestras evolucionan según evolucionamos nosotros y nuestra biografía proyecta cada vez una luz distinta sobre unos textos que, aunque se conozcan de memoria, nunca suenan igual y nunca nos dicen lo mismo.

Pensaba en esto ahora mismo, mientras leía Cinco Horas con Mario, de Miguel Delibes. Un libro que, como Ana Karenina, como La Regenta, debería estar prohibido leerlo hasta que se cumplieran los treinta; hasta ese momento en que uno sabe que la vida va en serio.

La charla, aparentemente insustancial de Carmen Sotillo frente al cadáver de su marido, Mario, es capaz de resucitar un universo que es, de alguna manera, independiente de las peripecias de la protagonista. Una mujer pequeña, desdibujada, a quien, seguramente, nadie le prestaría atención por la calle de su ciudad provincial.

Y, sin embargo, Carmen Sotillo y sus frustraciones, y su amor desesperanzado y seco por el marido equivocado que yace ante ella, somos nosotros y también somos el Mario que ella dibuja ayudándose de citas de una Biblia.

Y Delibes consigue el milagro de que comprendamos que todas las sociedades están hechas de Cármenes Sotillo.  Personas grises, que tienen un velo delante de la vista que les impide ver lo que se aleja de la prosa más granítica de la vida, pero sin las cuales la sociedad, de alguna manera, no puede funcionar. Porque el mundo necesita, a nuestro pesar, personas que no se pregunten por dónde van los tiros, personas que no quieren ser redimidas porque no lo esperan ni piensan que estén aquejadas de ningún mal, no sé si me explico.

Escuchando, en mi cabeza, la voz de Cármen Sotillo (que es, indudablemente, la voz de la actriz Lola Herrera, que la encarnó en el teatro varias veces) escuchaba yo a tantas personas conocidas, a esa gente a las que los Marios del mundo, tan convencidos de su santidad, se acercan con la inevitable dosis de condescendencia, un poco como quien cumple un deber caritativo y desagradable, más por mantener alto el concepto que uno tiene de sí mismo que por socorrer a alguien a quien, en el fondo, tiene en poca estima.

Y, sin embargo, qué sería del mundo sin los y las Cármenes Sotillo. Gente que cocina para nosotros, que lava para nosotros, que conduce tranvías para nosotros, que trabaja para nosotros, como si no hubiera mañana. Ni invierno.