¡Drogata! ¡Borrachuzo! ¡Y tú más! (El fin de la movida vienesa)

En Austria todo pasa un porquito más tarde (Archivo VD)

3 de Octubre.- Austria y España, dos países que, aunque no lo parezca, son tan semejantes.
En España, un poquito antes de que Franco se muriese, se empezó a fraguar lo que se llamó La Movida. Una efervescencia, llamémosle cultural, en la que se cumplió al cien por cien eso que yo digo siempre de que Madrid no es España. O sea, que lo que se llamó La Movida tuvo su ámbito de actuación en el término municipal de la capital de España y no se sabe que se produjeran al mismo tiempo fenómenos equivalentes en, por ejemplo, Cuenca, cuyas vacas sagradas (con perdón) siguieron siendo Mary Carmen y sus muñecos y Jose Luis Perales.

Unas vacas sagradas muy respetables pero que, en cualquier caso, estaban a años luz de Alaska, Radio futura o Las Vulpes.
Pues bien: un poquito más tarde (en Austria todo pasa un poquito más tarde) en este país también existió una “movida vienesa” que, como la que fue la emperatriz punk de Lavapiés, también se dio entre aquellos jóvenes que rondan hoy los sesenta.
Sus componentes llevaban muy a gala ser de izquierdas y reivindicaban unos territorios culturales que no tenían nada que ver con el conservadurismo que entonces imperaba en el país.
Ambros, Danzer y Fendrich, en la música, Josef Hader y otros cabaretistas en el teatro, decidieron darle un poco de alegría al cuerpo de esta sociedad y se lanzaron a decir cosas que hasta entonces nadie había dicho y en un idioma, el dialecto de cada uno, que hasta aquel momento se había considerado basto, inculto y poco presentable en sociedad.
Como sucedió con la movida española, la vienesa fue pronto digerida por la cultura de masas y convertida en un producto pop; y, lo mismo que Alaska ha terminado de colaboradora en Libertad DigitalRamoncín de bastión del derecho de la propiedad yAlmodóvar pisando la alfombra roja del teatro Kodak rodeado de los ricos de este mundo; los personajes de la movida vienesa no tuvieron otro remedio que reciclarse o ir ingresando en el olvido que la crueldad pública reserva a los “has been”.
Para salvarse del ostracismo, Ambros, Tanzer y Fendrich (algo así como si, junto con la oveja Dolly, alguien hubiera clonado a Sabina o a Serrat tres veces) decidieron crear un grupo que se llamó Austria 3 y hacer giras por las carreteras de este pequeño país con forma de pipa.
De puertas para afuera, la operación tuvo resultados inmejorables. Los tres amigos se dedicaban a interpretar al alimón sus grandes éxitos, auditorios llenos. Sin embargo, los problemas de Feindrich con los polvillos blancos y los de los otros dos con los alcoholes de alta graduación terminaron por romper el grupo. Definitivamente, cuando, en Julio de 2007, Georg Danzer pasó a mejor vida.
A partir de entonces, las promesas de reuniones de Austria 3 (con una voz que sustituyera a Danzer) fueron periódicas y siempre se decía que la reunificación estaba a la vuelta de la esquina.
Sin embargo, nos tememos que sucesos recientes han terminado por truncar esta esperanza para siempre, sumiendo a fanes y fanas en el más amargo de los desconsuelos.
Apremiado por las deudas, Wolfgang Ambros ha publicado sus memorias. Durante un seguido programa de radio (Frühstück bei mir) al que acudió a presentar la recolección de sus recuerdos, el cantante, con la voz algo pastosa, se dedicó a poner a caer de un semoviente a Fendrich, un hombre que, pasado el calvario de que medio país le llamase yonki, vive sin meterse con nadie cantando en “Malorca” sus grandes éxitos ante un público que paga cara su copa.
(Obviamente, Ambros lo eligió porque está mal hablar de los muertos).
Quizá para hacerse perdonar sus propios pecados, Ambros rememoró los tiempos en que Fendrich, que competía con Michael Jackson en el gran premio Tabique nasal de Platino, se subía al escenario y no daba pie con corchea. Se arrogó todo el mérito del éxito de Austria 3 y habló con bastante condescendencia de la música de Fendrich.
El autor de “I am from Austria” no tardó en contestarle, dando por rota una amistad que duraba décadas, no sin antes llamarle borrachuzo.
Por suerte, al no existir la telebasura en Austria, la cosa no pasó a mayores. En España, algo así hubiera dado para varias semanas de dimes y diretes además de recuerdo incesante de canciones de ayer, de hoy (y de siempre).