El factor suerte
11 de Marzo.- Querida sobrina: es una lástima pero conforme se hace viejo uno se vuelve más correoso. La adolescencia es propicia a los sentimientos románticos, la compasión te enternece, la desgracia ajena te parece siempre el resultado de una aviesa conjura de los astros. La mala suerte que todo lo tuerce y todo lo demás. Pero según las nocheviejas van pasando el velo se descorre y empiezas a sospechar que, salvo en las cuatro cosas que no están en nuestras manos (la vida, la muerte, la enfermedad, que no son moco de pavo) salvo en eso, digo, somos bastante responsables de lo bien o lo mal que nos salgan las cosas.
No es menos cierto sin embargo que este punto de vista es de todo menos popular. Entre otras cosas porque todos en algún momento de nuestra vida pasamos por estrecheces y tampoco es cosa de, encima, fustigarnos con la idea de que, en la mayoría de los casos, hemos sido nosotros los que nos hemos metido solitos en el agujero.
Lo cierto, sobrina es que si la suerte juega un determinado papel, al ponernos delante de esas ocasiones que están esperando perder los pelos, tmbién es verdad que la felicidad, como decía aquel, es para quien se la trabaja.
Para quien está siempre con los ojos abiertos, para quien no pierde la curiosidad, para el que no gasta más de lo que tiene, para el que es realista y desconfía del “Quiero que sea” y pone los pies sobre el resistente cemento del “es”. Para el que acepta que, como dice la canción “esto es lo que tengo/esto es lo que hay” y trata de, con los mimbres que la vida le da, hacer lo que mejor puede.
No todo el mundo tiene, por supuesto, la disciplina para conformarse con este lado mate de la existencia, el cartón que está detrás de la purpurina de todas las estrellas. A todos en algún momento (gracias a Dios) nos fallan los frenos, o calculamos mal nuestro margen de maniobra o, simplemente, hacemos tonterías dignas de un otro yo más bobo que nosotros. Sin embargo, huye de aquellas personas cuyo estado perpétuo es la cuita. Llámame lo que quieras, pero he aprendido a guardarme de ellas. Los quejicas, sobrina, son los seres más egoistas que existen. Tratarán de convencerte de que tus problemas, al lado de los suyos, no tienen ninguna importancia. Intentarán por todos los medios que abandones tus asuntos para atender a los suyos (de los que, por supuesto, ellos mismos no se ocupan y así les va). No escucharán los consejos que les des y, si en algún momento hablas de tu tranquilidad, lucharán porque termines pensando que es injusto que tú vivas tan a gusto mientras ellos se debaten en un infortunio que no hacen casi nada por enmendar.
A pesar de todo, cuando este proceso de endurecimiento te acometa, si ves a alguien cerca de ti que tenga necesidad, no dejes de ayudarle, sin prestar atención al rosario de idioteces que le ha llevado a la situación en que se encuentra. Allí en donde un ser humano llora, estás llorando tú también. No olvides que nadie está libre de hacer tonterías y que mañana, en el lugar del que te pide pan, podrías estar tú.
Un beso de tu tío.

3 comentarios:

Noema dijo...

Jo, Paco, qué bonito (y qué cierto).
Un abrazo.

Te de llimona dijo...

Qué tal, Paco? yo tampoco creo para nada en la suerte. No se pueden justificar las injusticias ni las desidia o la inacción con la suerte. Si nosotros no nos movemos y no actuamos, nada cambiará. Igualmente, la situación social es fruto de acciones anteriores, eso lo tengo muy claro.
Saludetes.

Paco Bernal dijo...

Hola!
Gracias por vuestros comentarios.
Hola Noema: un abrazo también para ti :-)
A Te de Llimona: es verdad que todos tenemos en la mano muchas de las cartas que terminan conformando nuestro destino, mucho más de lo que creemos.
Saludetes