En Mónaco nada es lo que parece

Archivo VD
2 de Julio.- Una de las cosas que se desarrollan viviendo en el extranjero (y no es extraño) es el sentido de la observación. Como, a veces (pongamos en una entrevista de trabajo) tu supervivencia depende de todo aquello que puedas deducir de la actitud de una persona o de su lenguaje corporal, llega un momento en el que lees en la postura de la gente y en sus gestos lo mismo que los pescadores leen en el mar, los indígenas amazónicos en la selva o los agricultores en los presagios del cielo.

Me acordaba hoy de esto viendo la retransmisión de la Boda Real Monegasca en la que resultaba sumamente llamativo el deseo de los comentaristas de aplicar el patrón al uso (“boda de cuento de hadas”) a unas imágenes que, contínuamente, lo desmentían.

Para empezar, la llamada boda de ensueño desprendía un enorme aroma a quiero y no puedo. El principado de Mónaco, sobre todo comparado con la boda que tenemos más fresca en la memoria, la inglesa, ha quedado retratado en toda su ridícula pequeñez. Las callejuelas estrechas, el palacio en el que los invitados han tenido que entrar de perfil, la diminuta catedral en la que la novia ha depositado su ramo de recién desposada. Resultaba enormemente risible la presunta seriedad del liliputiense ejército monegasco rindiendo honores a su presunto jefe, un señor, Alberto de Mónaco, que iba vestido de Manolo Morán en “Manolo, Guardia Urbano”.

Los comentaristas de la ORF (y, supongo, en una versión más ordinaria, también los de las cadenas españolas) resaltaban el presunto parecido entre Charlene, la novia, y su difunta suegra, la que fue Miss Grace Kelly. Bastaba ver las imágenes para darse cuenta de que, a quien en realidad se parece la recién casada, es a la también difunta Lady Diana Spencer. Las dos son ese tipo de mujer que sonríen con los labios, pero que mantienen la mirada gélida, cuando no abiertamente triste.

La exnadadora parecía una ternera a la que llevan al sacrificio cuando su reciente marido (fondón, sobrado, bastante macarra) la llevaba de la mano a la berlina que una empresa del ramo ha donado a cambio de que su logotipo apareciese insistentemente en la retransmisión. Los comentaristas de la ORF, por cierto, ante el evidente desvalimiento de la recién casada, insistían en que el miedo escénico había podido con ella, porque la pobrecita no estaba acostumbrada a sentir sobre sí la atención que conlleva una responsabilidad como la de convertirse en la primera dama del minúsculo enclave en la costa francesa. Un pretexto nada creible si se considera que su relación con Alberto de Mónaco corría el riesgo de convertirse en uno de esos noviazgos eternos que nunca llegan a boda porque el banco no da el aval para la hipoteca del piso de cincuenta metros cuadrados.

Pero el cachondeo supremo ha sido cuando los novios, ya en la berlina patrocinada, han ido a encontrarse con su pueblo y se han dado cuenta de que, durante largos tramos de su marcha, su pueblo se reducía a tres o cuatro viejas, a algunos turistas y a personas que ni dejaban de andar cuando el coche pasaba junto a ellos.

Mónaco, mañana, será republicana.