Mundo, demonio y carne

Archivo VD

(Publicado originalmente el 23 de Mayo de 2009)
La cultura austriaca es cíclica. Está en el alma aborígen el encontrar la paz en la repetición de ciertos ritos anuales. En Austria cobra todo su sentido ese verso en el que Shakespeare compara el año con el hilo en que están ensartadas las efemérides, como las perlas de un collar. Las fiestas temáticas (Navidad, el carnaval, la pascua), los pomposos bailes y también, por qué no, las manifestaciones.

Todos los años, por mayo, cuando hace la calor, los trigos encañan y están los prados en flor, se manifiestan los defensores de los derechos de los animales. Son una tropa de unas doscientas personas, soldados de una causa perdida en este mundo que devora sin pudor jugosos filetes o sabrosos huevos fritos con patatas. sin reparar en que existen sucedáneos para casi todo a base de soja. Unos sucedáneos cuyo consumo resulta más ético, qué duda cabe, pero que traen al alma esa ñoñería que caracteriza algunas buenas acciones y al pop que se hace en el País Vasco.Los doscientos manifestantes, nunca los mismos, recorren todos los años parte de la Mariahilferstrasse con cara de pocos amigos, gritando sus consigas contra el holocausto animal. La policía avanza con ellos. Los agentes rodean a los pobres punkies, a los apergaminados veganos que tienen la fuerza justa para levantar una hoja de lechuga, como si fueran peligrosos delincuentes cuya sola visión bastase para subvertir el Orden Establecido.
Los transeúntes contemplan la movida con bastante sopresa y, por lo que uno ve, sin sentirse ni remotamente culpables de haberse comido una salchicha o de tener en sus armarios lujosas prendas de cuero.
Al ver las caras de molesta sorpresa de los viandantes uno se da cuenta también de que, aparte de cíclica, la cultura austriaca está encantada con lo predecible. Las caras de la gente son un puro signo de interrogación: ¿Quiénes son estos? Por Dios ¿Por qué no se callan?¿Es que no se pueden reivindicar las cosas pidiéndolas por favor? ¡Y qué pintas!Los punkarrillas, los perroflautas, la famélica legión, en suma, se sienten rebeldes, apoyan todas las causas, abominan de todos los capitalismos. Aunque luego, eso sí, compran las botas de punta de acero de una marca X y, si la cosa se pone fea, no desdeñan la ayuda de mamá (entiéndase mamá por su progenitora o por los servicios sociales del odiado Estado burgués).
Las doscientas personas que claman contra la incesante matanza de reses son muy jóvenes. Ninguna (creo) en edad laboral.Mi cabeza también bulle de preguntas ¿En qué momento uno es capaz de sobreponerse al shock de comprender que todo es mentira? ¿A qué edad se mira uno al espejo, se ve las rastas y los pelos de colores, y se siente uno disfrazado de algo que no es? ¿Qué es lo que desencadena el desencanto? Uno busca en su memoria y, como nunca fue así (nació curado de todos los espantos) no encuenra nada. Ningún clic. Ninguna semejanza. Las utopías se emborronan, se confunden. Pasados los años, saben amargas en la boca.
Cuando los activistas doblan la esquina de la Neubaugasse, vuelve a adueñarse del espacio un denso silencio comercial. Las gentes vuelven a sus tranquilas conversaciones sabatinas. Dentro de la manifestación quizá alguno, más inteligente que el resto, empiece a verse desde fuera. De pronto, quizá, a pesar del adoctrinamiento, le entren unas ganas invencibles de zamparse un Big Mac.