El desembarco de Normandía (y 3)

Las calles de Rouen (Archivo Viena Directo)
BÚNKERES. Lo primero que llama la atención de los búnkeres alemanes que todavía quedan es que son indudablemente bonitos. Las formas del hormigón reforzado se integran admirablemente en las pequeñas lomas cubiertas de cesped que las cobijan.

Se podría decir que son una especie de metáfora arquitectónica de lo que, para muchos, fue el nacionalsocialismo: por fuera, una sofisticada utopía art-decó (el nazismo fue quizá la primera dictadura pop de la historia) por dentro, una madriguera oscura, asfixiante, en la que malvivir.



ROUEN. Rouen es a Francia lo que Pádua es a Italia.

Por alguna razón, la gente de estas dos ciudades es singularmente guapa. Uno no tendría inconveniente en que algunos especímenes en particular le esposasen al cabecero de la cama y le sometiesen a alguna refinada forma de esclavitud sexual.

Quizá sea porque Rouen es una ciudad portuaria y, ya se sabe, que los puertos favorecen el mestizaje, y el mestizaje es la clave de la belleza.

También destaca en esta ciudad que ha hecho menos que otras por disimular los estragos de la (esperemos) última guerra mundial. En el resto de Normandía la gente parece haberse esforzado mucho en poner el marcador a cero, restaurándolo todo para dejarlo en el estado en que estaba antes del conflicto. En Rouen, a pesar del encantador  aspecto que ofrece todo, muchas heridas siguen abiertas. En la catedral, se exponen las estatuas mutiladas por las bombas incendiarias; en otras iglesias, los artos de las antaño majestuosas capillas góticas han sido cegados para que el agua, el deterioro, el verdor, no terminen de estropear lo que ya dejaron hecho polvo las bombas aliadas de la reconquista.

La plaza del mercado viejo, lugar en donde fue quemada Juana de Arco (una pobre campesina que, probablemente, padecía un grado avanzado de esquizofrenia) ofrece un aspecto risueño. A un lado, se ha construido una gran iglesia futurista dedicada a la doncella de Orleans. El edificio tiene forma de nave invertida o de templo japonés. La guía que conduce a los inevitables turistas nipones dice que es un dragón. Echándole imaginación uno puede ver un armadillo pero la impresión se disipa cuando uno se coloca frente a la cabeza de la mitológica bestia lanzallamas. Un pequeño apéndice que no le quita reverencia al templo y que no es más que un recogeaguas ornamental, pensado para aliviar a la cubierta del edificio de las copiosas lluvias normandas.