Budapest ida y vuelta

30 de Octubre.- Ayer hice una excursión a Budapest.


 La capital de Hungría está a dos horas de autopista de Viena. Una autopista que, por cierto, es nueva y comodísima (obra y gracia de Nuestra Señora de la Unión Europea).


El viaje de ayer me hizo mucha ilusión porque ya llevaba ganas queriendo hacerlo. Siempre viajo con mucho gusto a lo que fueron las primeras estribaciones del telón de acero. Hasta ahora, me había quedado en Bratislava (que es como si uno hace una excursión desde su piso al portal del bloque donde vive) pero Budapest me faltaba (Praga: prepárate que eres mi próximo objetivo).

Metro de Budapest (Archivo VD)
Una de las cosas que llama la atención de la ciudad que, en realidad, son dos (Buda y Pest) es que el ambiente es muy distinto del de Viena. Mucho más tranquilo, ciertamente más provincial y menos envarado.

La capital de Hungría recuerda mucho más a una población del sur que a una ciudad de lengua germánica.

No tuve mucho contacto directo con la población aborigen pero, para lo bueno y para lo malo, creo que los húngaros se parecen muchísimo a los españoles.

Por la calle se veía, como en España, desfilar ante uno la tarta de la sociedad con sus diferentes capas. Los ricos, muy bien vestidos y ejerciendo de ricos; los pobres, de trapillo.

Al ojo acostumbrado a la corrección austriaca, le llamaban la atención que muchos de los edificios de más mérito o bien estaban vacíos o, directamente, se caían a pedazos. También que los húngaros son unas personas muchísimo menos preocupadas por el protocolo y las apariencias que sus excompañeros de imperio (la cajera del metro que, mientras nos vendía los billetes, comía de su tartera y mojaba en la salsa unos trozos de pan de hogaza, una imagen que aquí sería impensable). Por la calle, además, se veían muchísimos indigentes.

En el este, además, siempre se tiene la sensación de que los habitantes de los países viven en una especie de imitación más barata de la vida que llevamos los demás habitantes de la Europa occidental. Es una sensación muy difícil de concretar en palabras pero parece como si la vida diaria estuviera hecha de peores materiales. Los tranvías son como de lata, los autobuses tienen ese acabado tosco e imperfecto de los vehículos militares.

La riqueza (a la austriaca me refiero) es límpia, reluciente, bien iluminada. Los autobuses húngaros son oscuros y bastante destartalados. Las agarraderas que penden del techo están hechas de cuero y ennegrecidas por su parte más baja por el sobeteo de millones de viajeros.
Budapest ofrece al ojo del viajero algunas maravillas impresionantes que han sido restauradas con la nueva prosperidad de la Unión. La basílica de San Esteban, el Parlamento, la fortaleza que domina el río y que es Patrimonio de la Humanidad. Los puentes sobre el Danubio que fluye lento y perezoso regando la llanura húngara. En fin, un placer.
Para aquellos de mis lectores que se hayan quedado con ganas de más, aquí, como siempre, dejo más fotos.