Por qué Gran Hotel no pasa en Viena

El antiguo hotel Reina Victoria de Madrid (Archivo VD)

7 de Octubre.- Con puntualidad total sobre el horario previsto por los solventes meteorólogos de la ORF, el otoño ha llegado a Austria.
Eso significa que, durante los próximos seis meses, nos olvidamos de estode esto, y también, por qué no, de esto otro; ynos sumergimos en una temporada en la que dominarán esto y esto.
Resignación. No queda otra.
Mientras las nubes se amontonaban ayer en el horizonte nocturno y la borrasca se preparaba para descargar sobre Austria, abrí una botella de estupendo vino del Priorat (gracias Toni Mar) y me senté delante del ordenador para ver “Gran Hotel”, una serie que estrenó Antena 3 el martes (el primer episodio está disponible aquí) y de la que había leido muy buenas críticas.

Unas críticas, si tengo que decir la verdad, ditirámbicas considerando, sobre todo, que “Gran Hotel” es una serie española.
Según lo que yo había leido, la productora (Bambú) y la cadena, habían tirado la ventana por la casa en medios. Y se nota. La factura de “Gran Hotel” como productotiene poco que envidiarle a otras series europeas del mismo tipo. La cámara se mueve, el montaje es dinámico y hasta juguetón, la música no es el organillo Casio de Camela y la iluminación no es esa claridad violenta que le gustaba a Emilio Aragón en la cocina de su Médico de Familia (una claridad que estaba totalmente justificada porque se tenía que ver en todo momento el tetrabrick de leche Pascual que presidía los desayunos de aquella santa familia que pobló nuestras pesadillas).
“Gran Hotel”, a diferencia de otras series españolas, también tiene exteriores (rodados en el Palacio de la Magdalena, un marco proverbialmente incomparable) y, sobre todo, una voluntad muy de agradecer de hacer algo diferente.
Sin embargo, la diferencia con una serie americana (o europea de la división de honor) esla misma que media entre el vino del Priorat que yo me estaba bebiendo y un Tío de la Bota.
En primer lugar, para que “Gran Hotel” fuera una buena serie, y no una imitación con pretensiones, tendría que tener un buen guión. Un guión en el que la gente dijera cosas inteligentes y, a ser posible, que se ajustase a la gramática de eso que llamamos Castellano y que, lamentablemente, se nos está escurriendo entre los dedos.
Sólo un ejemplo: momento álgido con Amaia Salamanca, Adriana Ozores, y otros dos actores sentados a una mesa. Los cuatro, naturalmente, empuñando sendas copas con el dedo meñique enhiesto –hacen de personajes de la alta sociedad- y de pronto, dice uno: “fulanito no ha sido nombrado para el cargo en detrimento del de su primo” (¿Eh? ¿Lo cualo?). Me tuve que levantar a echarme otro copazo. Para fusilar al guionista contra las tapias de la Real Academia.
Por no hablar de las auténticas chapuzas, pero chapuzas chapuzas chapuzas que acometen los mencionados guionistas para justificar que el guapo de la serie (de cuyo nombre no quiero acordarme) entre en el juego de la intriga. A Agatha Christie, que era la reina de estas marrullerías, se le hubiera caido la cara de vergüenza. No digo más.
Por otra parte, vivo en un país cuya televisión se tiene muy trabajado el tema de la ficción decimonónica. Tienen, como suele decirse, “el culo pelao”.
No en vano estamos en la patria de las Sissis y los Francisco Josés. Cada cierto tiempo, aprovechando que los escenarios naturales le salen tirados de precio, la ORF monta una serie en la que le da una vuelta nueva a la vida de Rodolfo y Maria Vetsera o de la misma emperatriz y el emperador. Normalmente, los papeles son desempeñados por pesos pesados de la escena austriaca. Pues bien: en estas ficciones históricas hay una escena que se repite de manera infalible. Fiesta en el Hofburg. Los personajes se dicen cosas importantes para la trama mientras bailan a los sones de una orquesta que interpreta melodías de la familia Strauss.
Da gusto verles bailar.
Ayer, en una escena de “Gran Hotel” dice Adriana Ozores (la pobre) y más o menos así:
-Qué, fulanito, ¿No vas a sacar a bailar a tu futura suegra?
Fulanito lo hace y mientras Adriana Ozores, que es la mala malísima de esta serie, trama un maléfico plan, los dos personajes hacen que están bailando. Daba mi-e-do. Los osos del parque nacional de los Picos de Europa lo hacen con más gracia. Qué les costaba aprender unos pasos de vals para, por lo menos, dar el pego.
En resumen, “Gran Hotel” no podría ser austriaca y se queda en el sueño de una choni poligonera que, sin querer, hubiera abierto un libro de Sánchez-Dragó.