Dietario Canario (3): Remembering Rakel Winchester

(29 de Enero).- El otro centro de la vida de Playa del Inglés (o “del Ingles” como se ve escrito en muchos carteles, dando quizá pie a alguno de los fenómenos que se cuentan en este post) el otro centro, decía, es la reserva natural de las Dunas de Maspalomas. Son un espacio gigantesco en el que solo hay bendita arena y cielo azul. El lugar ideal para circular como tu madre te puso a funcionar por este valle de lágrimas.



Camina uno por la inacabable soledad del arenal, ocupación que da pie para la meditación sobre la pequeñez del ser humano y la grandeza de las fuerzas de la naturaleza, escuchando en la lejanía el benéfico rondó del mar, esquivando las matas de azofaifo (esa planta de la que se dice que estaba hecha la corona de espinas de Jesucristo). Aquí y allá, sin que la sensación de soledad se mitigue, uno ve a jubilados barrigudos oteando la distancia sin más atavío que unas flamantes zapatillas deportivas. A su lado, sus santas, las escandinavas mamas alcanzando la mitad del muslamen, se tuestan al sol cual indolentes Venus prehistóricas.



Las dunas están compartimentadas, como muchos espacios de esta clase. Se empieza por la que podríamos llamar familiar textil (gente con banador y niños), se continúa por la hetero nudista y, andando andando, se llega a la zona gay. Uno se da cuenta de que ha llegado porque empieza a notar que la desértica vegetación se adensa un poco y porque (claro) solo hay señores que, obviamente, buscan plan.



La cosa impone un poco porque impera un silencio curioso y porque uno teme romper la civilizada armonía de los amantes del sexo a la intemperie, los cuales tienen los cueros morenos y brillantes por tantas horas de guardia. Deambulan con las manos a la espalda y la cavilosa mirada en el suelo como si en vez de cruising (vocabulario que se utiliza en ambientes especializados para describir su actividad) estuvieran meditando sobre un serio problema matemático o sobre una curvatura desconocida del espacio-tiempo. Las pocas conversaciones son a media voz, como en la consulta de un dentista. Si uno quiere atravesar la zona y llegar a la playa de Maspalomas en línea recta, se hace inevitable toparse con una serie de caballeros que lo miran a uno con fijeza inquietante. Una fijeza que te hace carraspear involuntariamente. Alguno, tendido, hace recordar los inmortales versos de Rakel Winchester en "El marío de la cannisera" (“su minga mira al nordeste / posa erguida y peripuesta”). Los caballeros de estandarte enhiesto –que miran hacia otro lado como haciéndose los desentendidos- parecen, por la edad, anuncios vivientes de los laboratorios que inventaron la pastillita azul, milagro para viejos verdes y para jóvenes poco propensos a la batalla amorosa. Tampoco puede evitar uno pensar que el mito que asocia a los homosexuales con la gallardía física y la rubicunda esplendidez en este lugar de Maspalomas tiene poco fundamento: la mayoría de los jubilados nórdicos que deambulan buscando lo que no tienen guardan un curioso parecido con Juanito Navarro (q.e.p.d.).



El caso es que, al llegar a la orilla del mar, no se puede evitar sentir cierto alivio que viene, principalmente, de la consideración de que debe de ser algo incómodo efectuar cualquier tipo de maniobra orquestal rodeado de espinosos azofaifos. Aunque, como dijo el guerra (torero): hay gente pa tó.